CRÉMER CONTRA CRÉMER

El fútbol, el fútbol, el fútbol

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VICTORIANO CRÉMER
León

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POR SUPUESTO no descubrimos nada: el juego, deporte o negocio del pelotón es el vicio nacional. Desde que tengo uso de razón, en el supuesto que tenga algún resto, vengo padeciendo, gozando o soportando las influencias del juego del balón redondo. Cuando los Hermanos Maristas aceptaron dirigir una Escuela para pobres allá por las cercanías de Santa Marina, en la calle Pablo Flórez, que era, según aseguraba el hermano Miguel, hombre de la cáscara amarga, ya se incorporó el programa de la Educación obrera obligatoria la formación de un equipo de pelotón, precisamente para derrotar a los Padres Agustinos, que eran los que ya por aquellos entonces tan lejanos, mantenían la hegemonía en lo deportivo; y al modo como al parecer hacían o siguen haciendo en los centros de enseñanza de los Estados Unidos, el estudiante que sobresalía en alguno de los ejercicios deportivos acababa al final del curso, no sólo aprobado, sino ligando con la chica más pechugona de la clase. Nosotros, conscientes de la importancia que el deporte del pelotón tendría para la gloria de los pueblos, inventamos lo de la Cultural y Deportiva Leonesa. Lo de Deportiva le venía a la Asociación recién inventada de un centro para el cultivo del Deporte ubicado en un local muy estricto de la calle de la Rúa. Lo de Cultural, quizá, tal vez, quien sabe, era más bien una utopía, a la espera de que Mario Arnold, que era el poeta oficial, consiguiera la gloria y la fortuna mediante la publicación de alguno de aquellos folletines que conseguía editar, sacándose los recursos de su trabajo como tambor mayor de la banda de música del Regimiento de Burgos número 31. Se jugaban los encuentros o partidos en el Parque que era por entonces, un delicioso descampado al pie de la Corredera, con el río al costado, y en tan socorrido campo se permitía el enterramiento de los animales (vacas, cerdos, gatos y perros) que decidían fallecer. Luego, ya con el Fútbol semi-profesional, con algunos pelotoneros con sueldo, según tarifa, la Cultural se preparó a luchar contra Valladolid, representado por el equipo del Regimiento de Caballería. Y a Valladolid, nos embarcábamos los aficionados dispuestos a vender cara la derrota, que naturalmente se producía, porque entonces como ahora, puestos a establecer comparaciones al que le tocaba perder era a la Cultural. Más tarde vinieron días de gloria, como el ascenso del conjunto legionense a primera división, gozo que nos duró un año y desde cuyas cúspides caimos en el agujero negro de la tercera División, de la que ¡ay! no vemos la forma de salir. El Ayuntamiento se gasta la hijuela para el mantenimiento de esa ficción de equipo deportivo con futuro y la empresa privada, una vez que se estableció para la Cultural la categoría de Sociedad anónima, renunció a la mano de Doña Leonor. O sea que no tan solo no consigue salir de la división a la que le habían arrojado equivocaciones técnicas, sino que para desgracia general, el futuro se fue borrando, borrando, borrando, hasta quedar en nada, o si se prefiere, en una nueva versión industrial a la cual están especialmente llamados los profesionales del ladrillo. Bravos, bravísimos señores que a lo que se advierte por las claras señales que dejan a su paso y con la inapreciable ayuda de esa graciosa Concejalía para Deportes que aparece en la nómina consistorial, acabará por agotar la paciencia y los dineros no solamente de los esforzados miembros de la Sociedad, sino de los restos del presupuesto municipal. Lo que ha despertado, naturalmente, la general alarma.

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