Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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EL NACIONALISMO no tiene límites. Su avidez es inagotable: es su esencia. Y algo parecido le sucede al regionalismo y a otros descensos hacia el vértigo de la identidad irreductible. En la provincia de León hay muchos ciudadanos que están en contra de pertenecer a la comunidad del Duero, lo que no deja de ser un muy respetable criterio, pero también es cierto que la meditación territorial no se detiene ahí. Lo digo porque otras gentes provinciales anhelan demarcaciones más pequeñas donde «sentirse cómodos» (Zapatero dixit), y en esas están, por ejemplo, los dos partidos bercianistas que tratan de defender, con escaso éxito, los intereses de los 140.000 habitantes del Sil Medio. Mas no sólo existe en el ámbito provincial la pretensión centrífuga del escuálido bercianismo. Hay otras ideologías disgregadoras en nuestra demarcación. Otras dimensiones reclamadas, otra felicidad prometida, otra desafectación soñada, y este artículo pretende dar veloz aviso de algunos paisanos que pretenden una amputación del territorio de la provincia leonesa. Citaré en primer lugar a los galleguistas del Bierzo. A esas gentes que, a partir de una reivindicación justa y plausible (el respeto al también idioma nuestro que es el gallego) sueñan con una hipotética (y ahistórica) adscripción del Bierzo a una suerte de república independiente de Galicia, regida por los decadentes -en votos- líderes del BNG, a su vez regidos por la camarilla radical de la UPGA. Otros liquidadores provinciales hablan de reajustar los límites con Asturias, y ceder, así, por las buenas, las tierras de Sajambre a los vecinos del norte. También en Laciana sé de una mujer, la ensayista Adoración de Martino, que pide el pase del hermoso valle norteño a Asturias, basándose en que hasta mediados del siglo XX esa tierra perteneció a la diócesis de Oviedo. En los casos de Sajambre y de Laciana sospecho que alienta un cierto complejo de inferioridad de algunos leoneses respecto de los asturianos. Complejo extraño, sin duda, porque la gran mayoría de los leoneses lo que sentimos por los astures es simpatía y fraternidad. Me detengo ahora en un texto muy curioso, editado en ciclostil en el seminario de Astorga en 1983, en plena ebullición del leonesismo, y firmado por Diosdado Llordén. Este hombre, culto y de Corporales, reivindicó en su opúsculo la autonomía de la Cabrera. Es decir, su separación del resto de la provincia. «Cabrera, Comunidad Autónoma» se titula el panfleto, y en él, incluso, deslindan los condados de la comarca. Su capital estaría en La Baña, que el propio Llordén imagina «muy próspera para el año 2000, con su periódico diario, sus quince mil habitantes, y un equipo de fútbol en categoría nacional». Por la Maragatería también algo se hizo en esta línea de secesión, y yo resaltaría un trabajo elaborado por el licenciado en Letras Luis-Federico de Jesús, donde, a partir de una burda manipulación de la sabiduría y el compromiso de los miembros de la Escuela de Astorga (los Panero, Gullón, Alonso Luengo...) reclama la capitalidad provincial para la ciudad augusta, o, en su defecto, la configuración de una nueva provincia que respetaría exactamente los límites de la diócesis, si bien dejando aparte los territorios episcopales de Zamora y del oriente orensano. Por último, y porque el papel se acaba, debo mencionar un leve rumor de reagrupación de la Tierra de Campos en una sola y nueva provincia, rumor perceptible, sobre todo, en algunos anocheceres de invierno en Sahagún, y no me olvido de la enternecedora ficción que Custodio Villalís, maestro de Destriana, sostiene con relación a la Valduerna, a la que gustaría ver transformada en un pacífico San Marino, en un Mónaco de interior, o en un Vaticano sin vaticanistas.

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