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VICTORIANO CRÉMER
León

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YO NO SÉ cómo lo hacen, pero me permito declarar que a mi modesto parecer, no lo hacen bien. Me refiero al sistema establecido entre los países más desarrollados y a su manera de conceder mando y poderes a los mejores de la tribu. En aquellas sociedades primitivas en las cuales, naturalmente, no se tenía ni idea de la existencia de un instrumento de disolución como «Internet» o de descalificación intelectual como la televisión, a la hora de la verdad se elegía al más capacitado, al mejor preparado, al más serio y responsable. Y los concejos, los grandes municipios y las corporaciones más sensibles de la sociedad se formaban con hombres singulares, a los cuales les abonaban sus hechos, sus victorias o sus acertados consejos en las asambleas. Ahora parece que no es lo mismo, o si se prefiere, parece que lo que se había desviado de la ruta tradicional, vuelve a sus huellas antiguas y los mejores de cada casa acaban por imponer su ley, su poderío profesional y su voluntad económica de no dejarse ganar la partida por quien no dispone de los medios para triunfar. De este fenómeno de rehabilitación de la voluntad patrimonial, se nos están dando pruebas fehacientes, a las cuales, por cierto, apenas si damos importancia. Y la tiene. Por ejemplo, en León, según todas las señales, nos encontrábamos en un momento de decadencia decisivo: ni se montaban centros industriales, ni acudían a nuestra llamada aquellas empresas en las cuales estábamos dispuestos a depositar nuestras esperanzas de futuro. Por el contrario, algunas realizaciones industriales que casi como de milagro habían llegado hasta nosotros, se nos estaban convirtiendo en terribles centros de corrupción o de chantajeo. Y aquellas sociedades o dispositivos oficiales de los cuales esperábamos la redención económica eran desviados hacia provincias más afortunadas y arrastrados hacia lugares de más fuera política. Y León se nos quedaba en nada. Hasta que, como salidos del centro de la tierra, fabricadores de viviendas, manipuladores certeros del ladrillo, hombres evidentemente de empresa, contemplan alarmados la situación y deciden intervenir eficazmente hasta otorgar al mecanismo de vida del que nos valemos, dotándole de fuerza, de medios y de voluntad. Quisiera antes de escribir los nombres de este grupo peleón y noblemente ambicioso, que ni conozco la técnica de la construcción de pisos ni creo que me sea dado disponer de tiempo para formar parte de algunos de estos grupos de salvación. Pero es significativo y alentador observar cómo cuando la precaria aviación de que disponíamos amenazaba con una caída en picado, aparecen estos leoneses y se comprometen a levantar el vuelo. Y ahora, cuando la prestigiosa y para mí siempre bien recordada Clínica de San Francisco, anuncia su renuncia, estos mismo hombres providenciales detienen la decadencia, haciéndose cargo del compromiso. Quiere decirse y se dice que la iniciativa privada hace su aparición salvadora y que ya no es necesario no es obligado, acudir a la limosnería oficial para detener la furia de nuestra posible ruina. Hombre que tienen nombres propios, como Ricardo Alonso, Lorenzo García Blanco, Ignacio Tejera y Santos Llamas se adelantan para ofrecer los dineros que sean necesarios para que este ejemplar modelo de centro sanitario, no se malvenda, sino por el contrario se adquiere para la ciudad. Y al conocer la noticia todos los leoneses de buena ley se han sentido confortados, nos hemos obligado a expresar a este grupo el testimonio de la gratitud de la comunidad, porque en León el que no es agradecido es mal nacido.

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