LA GAVETA
Veranos en Asturias
COMO TANTOS LEONESES, conocí el mar en la playa de San Lorenzo de Gijón. Aquel día de 1959 fue algo nuboso, y yo tenía tanta ilusión por ver el mar, que casi me gustó poco. Como si no pudiera aceptar de una sola vez una revelación tan intensa. Luego, lentamente, me fui haciendo amigo del mar, y cuando pude organizar mi vida, no dudé en elegir una ciudad costera. Y renuncié gustoso a Madrid, destino de mi generación. Nunca me arrepentí. El mar es nuevo y antiquísimo en cualquier instante. Misterioso siempre, no conoce la muerte, ni tampoco la derrota. Lo miramos y es el mismo mar que nadie podía mirar hace millones de años. Cuando el hombre aún no existía. Saber que uno puede contemplar el mismo paisaje que se podía ver en la tierra cuando no había dioses, ni almas, ni amores ni libros, es algo que me sobrecoge siempre. Y es el mismo mar que conocí en Gijón. Recuerdo que aquel día fuimos luego al puerto del Musel, y que vi allí unos cargueros grandes. Uno era de Bilbao, zarpaba. Y todo parecía sueño, aventura. Mas yo no podía saber entonces que el mar sería una pasión, compartida con la inmensa mayoría de los seres humanos. El mar, que siempre nos lleva al centro de nuestra vida. El mar intemporal, pero siempre más joven que nosotros. El ruido del mar. Uno es hijo de los veranos de la infancia, nos pasa a todos. Nos entregaron ahí, en esas horas solares, un gran tesoro que no buscábamos. Y que no termina nunca. Tesoro que es fruto de un tiempo breve. Porque más allá de los siete años, el niño ya está en otra provincia, la magia ha desaparecido. Ha llegado el uso de razón, y se barruntan, a lo lejos, el dolor, la finitud y el desarraigo. Yo guardo, sobre todo, dos veranos. Ambos sucedieron en Asturias. Uno tierra adentro, otro junto al mar. El primero lo viví en el occidente, en su esquina sur. Recuerdo una pequeña villa, a la que he regresado muy poco pero que me ha acompañado siempre. Es la villa natal de mi madre, donde vivían mis abuelos entonces, San Antolín de Ibias. Aquel verano yo supe de los grandes carros de bueyes, del heno, de los ríos transparentes, del silencio. Y de los mil secretos que me inventé de la casa de mis abuelos. Conocí olores, luces, árboles, piedras, terraplenes. Supe que mi abuelo Higinio era un señor muy viejo y trajeado, con su sombrero y sus botas de siete leguas. Él me contaba cosas que no murieron. Y me llevaba a su viña; y me enseñó una habitación llena de legajos, que yo tuve por infinita. El otro verano transcurrió en el oriente astur. En Celorio, 1960. Fue más largo, recuerdo rocas y lanchas, niñas en la playa y los frailes de un convento cuya cerca de piedra bordeaba el acantilado. Recuerdo mujeres guapas de Madrid, hombres importantes de Oviedo. Recuerdo tardes de lluvia, y a mi tío que iba en los días de mar calma a buscar percebes en una isla que hay frente a la playa de la Palombina. Recuerdo emigrantes a México, que volvían ricos, con coches de película, con grandes magnetófonos que exhibían en la playa. Recuerdo los muslos de las mujeres, allí los descubrí, precisamente. Y la sidrería de Bruno, junto a la estación del tren que iba a Santander. Bailaban allí los jóvenes, que hoy serán casi ancianos, chicas elegantes, todo tenía el aroma de la madreselva. Casas de grandes muros junto a la carretera albergaban prestigios de hidalgos y notarios. Una niña se llamaba Solita, un niño tenía una criada cubana. Había avellanos, me gustaba subirme por ellos, esconderme del mundo, mirarlo desde allí, estar solo. Y mi madre pintó varios cuadros desde un altozano. Uno con un chalet rojo y blanco, que allí sigue. Y en un bar de Barro sonaban las canciones que Nat King Cole grabó en español. Mi madre pedía siempre Perfidia . Y mi padre fumaba mirando a la ría.