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VICTORIANO CRÉMER
León

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CUMPLIDO QUE FUE EL MENESTER estival del veraneo, que es principalmente un «ensayo con todo» de elevación de la pereza a categoría, se impone el safari de regresar, que es siempre, en el dispositivo de rodar y rodar por las carreteras españolas, nunca suficientes, un verdadero drama, un juego pavoroso en el cual el usuario se juega la vida. El regreso de la vacación es el último tramo que solemos vencer para sentirnos medianamente satisfechos, después de haber salvado sobresaltos, maremotos y asaltos a cargo de los encargados de suministrarnos los alimentos de cada día. Vivir, lo que se dice vivir en cualquiera de nuestras plazas, con playa adosada, o de algunos de nuestros retiros rústicos con árboles, es un accidente que nunca olvidaremos y que pueda llevarnos a la ruina, a la miseria y a la desesperación: Por un sencillo almuerzo de sota, caballo y rey, más sota que otra cosa, puede el confiado veraneante dejar la piel y el páncreas, y la martingala del chiringuito, servido -es un decir que se dice- por orientales llegados en patera, se convierte en un espectáculo burlesco. Pese a todo, las gentes buenas del país viaja y viaja y viaja, lo mismo le da Cancún que el Egipto de las momias o las islas Kuriles que el Japón heroico y galante. El caso, dicen los apasionados del ocio de obligado cumplimiento, es viajar, que el viajar es bueno, benéfico y educativo, sobre todo educativo, ya que visitar tierras distintas y bañarse en aguas de varios idiomas enseña mucho. Lo cierto del caso es que así como a la vuelta de cada esquina puede surgirnos la sorpresa, el volver a casa es el rechinar de dientes y el hacer el repaso: «Nos hemos gastado la hijuela, total para comer mal, para aguantar chaparrones y como para exponernos como los héroes de Salamina, a morir sobre la marcha. Convencidos de nuestra incapacidad para un razonamiento lógico, deshacemos el equipaje y nos disponemos a trazar las líneas programáticas del ejercicio siguiente: Con la mano derecha puesta sobre el Fuero Juzgo, prometemos ser más sensatos, más precavidos y menos pijos en el futuro. Y que veraneen los de siempre, o a lo sumo, si el estado continúa considerándonos materia electoral y mantiene lo del Inserso (o sea esos viajes a medio precio y a media pensión para ancianos, jubilados que recorren el mundo precisamente cuando lo prudente sería no salir de cada sin paraguas), acudiremos a donde corresponda para que no nos falte ese boleto para recorrer mundo. Claro es que una cosa es o puede ser las medidas económicas y sociales que nos aconsejan quietud y buenas letras y otras las que decidan los niños de la casa y la mujer de la misma casa: Así que el cabeza de familia emite su opinión y ferviente deseo de afiliarse al partido del nacionalismo inconmovible, le saltarán al cuello y no acabará la refriega hasta que el varón domado acepte todo aquello que le han impuesto. Y volverá a probar las dulces hieles del veraneo en tierra extraña y seguirá entregando, como si se tratara de un óbolo para rescatar niños infieles, sus parcos ahorros y se bañará en el mismo mar que el pasado año y se dejará despojar en los casetones montados sobre la arena por la gente morena y sevillana. Es el sino de esta generación y de la que viene. ¡Ah que se me pasaba: «Me alegro de verdad saludarles de nuevo!».

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