León

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RAJOY HA MANDADO a la Moncloa su propuesta de pacto escolar y la ministra de Educación, María José Sansegundo, ha dicho que está abierta al diálogo. ¿Puede haber un pacto? Disculpen ustedes si no me lo creo. Una cosa es hablar y otra dar trigo. Y, sin embargo, si PSOE y PP fueran capaces de proponer un pacto educativo a toda la sociedad -no hablo sólo de los partidos-, todos aplaudiríamos hasta con las orejas. Pero, de momento, lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible. Hablan de que vamos hacia diecisiete sistemas educativos. No es verdad. Ya los tenemos. En sanidad, el PP hizo primero las transferencias y luego puso en marcha una Ley de Cohesión. En educación, más de lo mismo. El resultado es que cada autonomía va por libre. Salga como salga del Parlamento la Ley Orgánica de la Educación, será muy difícil que se aplique con equidad en todas las comunidades autónomas. Algunas ya han mostrado sus reservas y otras harán ley de los hechos consumados. ¡Y a ver quién se atreve a pedir que rectifiquen! La educación pública no universitaria atraviesa por uno de sus peores momentos. Pero no es por la competencia de la concertada, ni, sólo, por la falta de dinero ni por la buena o mala gestión. El hecho más importante es que el elemento básico de la educación, el profesor, está absolutamente desmotivado y desmoralizado. Ser profesor en España, especialmente en la escuela pública, es estar sometido a un grado de presión casi insoportable por parte de los políticos, de las Administraciones, de los padres, de los estudiantes, de los medios de comunicación y de la sociedad. Al profesor le hemos quitado la autoridad moral y, sin embargo, le pedimos que sea responsable de todo aquello que las familias no están dispuestas a hacer. Por eso, mientras no se cuente con ellos, no se les motive, no se les devuelva la autoridad moral, no se les respete, todas las reformas legislativas están condenadas a fracasar. Ojalá se pongan de acuerdo los políticos en sacar la educación y la sanidad de la lucha partidista. Ojalá se pueda ejercitar de verdad el derecho constitucional a la libre elección del tipo de educación que cada uno quiere para sus hijos. Pero sin la colaboración de los que enseñan a pensar a los más jóvenes, desengáñense, no hay nada que hacer.

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