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MANUEL LEGUINECHE
León

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«CONTRA el general Jaruzelski vivíamos mejor» podrían decir algunos de los 30 millones de votantes polacos. Jaruzelski, el de las gafas oscuras, el último líder comunista que en 1981 decretó la ley marcial y encarceló a los jefes del sindicato libre Solidariad, incluido Lech Walesa, nacido en los astilleros de Gdansk. Los polacos no tienen nada contra la democracia, que les ha llevado a la OTAN y a la Unión Euopea, pero están hartos de los políticos, de los escándalos de corrupción, del paro más alto de Europa, de diez años de gobierno de los socialdemócratas poscomunistas. Por eso va a ganar de calle la derecha formada por dos partidos surgidos de los restos del sindicato Solidaridad, la Plataforma Cívica(PO) y Ley y Justicia (PiS) de tono aún más conservador. El fundador de Solidarnosc, Lech Walesa, otro desencantado, votará por el partido de su hijo, Jaroslaw, candidato por la Plataforma Cívica. ¿Dónde quedó la hermosa revolución pacífica de Walesa que derribó un régimen sin disparar un solo tiro y abrió el camino al derrumbamiento del comunismo con la ayuda de Juan Pablo II? Los hijos de Solidarnosc votan por el PO (liberal,proeuropeo) o el PiS (conservador y nacionalista).Otros prefieren permanecer al margen de la política por el nivel de corrupción que ha alcanzado. No reniegan de la heroica batalla de sus padres, están orgullosos de lo que hizo Solidaridad, pero hoy prefieren concentrarse en la vida privada, en el éxito y la felicidad individual. Para eso Polonia es filoamericana y ultraliberal. El hijo de Walesa, Jaroslaw, de 28 años habla un inglés perfecto y está imbuido del modo de vida de los EE.UU. donde residió ocho años. Jaroslav es de los que quieren sacar a Polonia de este pozo de melancolía en el que vive a los dieciséis años de la caída del comunismo. Los dos partidos del centro-derecha, PO y PiS, llegan muy igualados. Formarán gobierno aunque a veces saltan chispas en su relación de competencia. Se espera la catástrofe para los socialdemócratas ex comunistas, la SLD, Alianza de Izquierda Democrática. Los liberales y los conservadores ofrecen lo mismo con métodos distintos: la lucha a muerte contra la corrupción y el desempleo. Pero ¿sabrán llevarse bien? ¿Dependerán, como árbitros, de partidos más pequeños y extremistas?

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