Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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¿CUÁNTAS NACIONES tiene la provincia de León, ahora que florecen por todas partes? Yo creo que son muchas, desde luego, pero no sabría decir un número. Y es importante saberlo, claro, para que los filósofos de la identidad avancen un poco en sus emotivas concepciones. Para que lloren de alegría sobre los mapas retocados; para que sueñen con las cosas que podrían hacer en esos nuevos territorios liberados, en sus nuevas capitales, en sus regiones diminutas, y con sus microscópicos ejércitos. Empiezo por el Bierzo, mi tierra leonesa, que conozco mejor. Y nada más empezar, casi me retiro. Porque es muy difícil esto de delimitar naciones. Un lío. Con todo, algunas se pueden elucidar. Así la nación de Fornela, rural y vaquera, con su capital en Peranzanes y su Montserrat en Trascastro. También veo clara la nación de Ancares del Este (que los de Lugo, cual Corea del Norte regida por los nacionalistas galaicos, es otro mundo, al parecer). Y también oteo la nación del Valcarce, con sus propias subnaciones: como el cantón de Barjas o la prefectura Balboa. Y de ahí me paso a la nación del Selmo, con capital en Oencia, futura sede episcopal. En el Bajo Selmo, que es otra nación, navega Sobrado. Y más naciones afloran al noroeste, en una zona de retaguardia. Naciones misteriosas, despobladas: como la Somoza berciana que recorrió y contó Ramón Carnicer, la que existe en Paradaseca y en sus brumosos aledaños. Y no me olvido de dos ciudades-nación, viejas rivales: Fabero y Vega de Espinareda. A ellas, cerca, se añade la nación del Sil Alto, donde Páramo y Toreno se disputarían la capitalidad a cara de Carod. Y luego la nación de Noceda, con sus lecherías nostálgicas, y la del Alto Bierzo minero, con capital en Torre y el enfado de Tremor e Igüeña, aspirantes y secesionistas, y la gran metrópoli de Bembibre, dominadora de pequeñas naciones, como la de Castropodame, romana y silenciosa, y el Congosto republicano con su Cobrana la roja, y por el medio esos intersticios transnacionales que acabarían siendo confusos protectorados: hablo de Berlanga, de los verdes Tombríos. Sigamos, que ya estoy en la nación grande del Bierzo Bajo, la reina de las naciones del oeste leonés, con su capital en Cacabelos, llanuras feraces, Villafranca, también ciudad-nación, y Corullón al otro lado, jefa de los wolframios, y Ponferrada ciudad-mundo. Ponferrada, que organizaría congresos donde vendría Maragall a impartir doctrina, y Pérez Rubalcaba, y Artur Mas, el triunfador inesperado del desafío catalán a la Constitución, y cantando todos Els Segadors pero con la música modesta de «A Ponferrada me voy, a caballo en mi borrica» (siempre me pareció penoso lo de la borrica. ¡Pobre borrica!) Debía continuar, pero ya no puedo. Se me acaba el papel y aún quedan por ahí todas las regiones del suroeste berciano, Las Médulas, el Puente de Domingo Flórez, el conflictivo principado de Borrenes-Carucedo, la demarcación de Toral de los Vados, y Camponaraya que también aspira a ser villa-nación, y al fondo los oscuros lindes de Sancedo y Fresnedo, con Arganza levantisca, y la Cabrera al fondo, allá arriba, con sus naciones pizarreras. Y ahora caigo en que me olvidaba de la nación primera del Bierzo, la fundacional, donde uno se encuentra más en uno mismo, y eso que la cosa telúrica siempre tiene peligro. Donde uno anda por ahí, y encuentra lo que buscaba, aunque no supiera bien lo que buscaba. Aunque ese encuentro sea raro, y esté como fuera del tiempo. Y de la política. Es una nación individual. Inofensiva. Y que me perdone el resto de la provincia por el olvido de sus decenas de naciones; precisaría diez artículos... para nada. Felizmente.

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