CRÉMER CONTRA CRÉMER

Aula de la memoria: el alzhéimer

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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EN NINGÚN MOMENTO he pensado en que la civilización occidental y todo lo cristiana que nos fuera posible, habría de sacrificar sus motivos de mayor modernidad, como por ejemplo, es un decir: La apertura de campos para el ejercicio de muy diversos e inútiles deportes; o la concesión de alguna licencia para la explotación del suelo y del cielo, ni siquiera la utilización de los presupuestos públicos para regodeo y satisfacción de vanidades. Me atrevo a sugerir que todos los usos que se hagan para comodidad del ser humano y su mejor dotación económica para satisfacer todos los días sus mínimos alimenticios, deben ser especialmente atendidos por aquellos que han obtenido el honor y la responsabilidad de manejar los dineros del común, que decían los clásicos. Por lo tanto, hágase lo que mejor convenga para mayor gloria y provecho de la comunidad, pero¿ Pero es que resulta que con demasiada frecuencia, nuestros gobernantes confunden la velocidad con el tocino y se jactan de haberse gastado los denarios del presupuesto en frivolidades o en negocios que para nada benefician a las buenas gentes del censo. Como por ejemplo: ¿Es posible admitir, sin que la vergüenza nos nuble el entendimiento que en un país como España, existan -si a eso le llamamos existencia, figuren, digo en la tremenda relación de enfermos inapelables sin remedio 600.000 sin que a la hora del reparto figure la cantidad necesaria y obligada para su atención? En España, son seiscientos mil los afectados por el tremendo mal del alzhéimer, auténtico castigo por nuestra soberbia, dejados de la mano de la administración y en León, señoras y señores, que es a donde queríamos y debíamos llegar, se cuentan en más de diez mil los afectados, a cargo, ¡ay! de la familia del enfermo y de la caridad pública, sin que se advierta una decisiva tendencia administrativa, cultural o religiosa destinada a su debido atendimiento. El alzhéimer, es sin duda, sino el más doloroso de los males que nos invaden, sí el más traidor, el más negro, el más monstruoso de los quebrantos de la modernidad. Y en tanto que los gobiernos centrales, provinciales y locales se conforman con unas pocas palabras de consolación, que no evita el drama familiar, estos mismos estamentos que se nutren por cierto con los dineros procedentes de las contribuciones del común de vecinos, entre los cuales desvive el enfermo, destina sus fondos a satisfacer turbias manipulaciones o desenfadados negocios. Bien está, si así lo deciden los promotores de sistemas de vida, que los pueblos dispongan de territorios para el deporte y de recintos para la satisfacción del espíritu. Y nos conmueven las víctimas de las guerras y los resultados de la rebelión de la naturaleza. Pero resulta no ya contradictorio sino hasta criminal que eludamos nuestro compromiso de atender a nuestros prójimos, heridos de la peor de las muertes. Hablo con perfecto conocimiento de causa. Amigos bien queridos cayeron bajo el hacha del alzhéimer. Y me fue dado asistir a su agonía, lenta, implacable, hasta su conversión en lastimoso vegetal, sin memoria y sin entendimiento. Hace algunos días, ya con las doradas tentaciones del luminoso otoño de León, se celebró discretamente un acto de recordación promovido por los familiares de estos enfermos sin memoria. Algo pienso yo debe hacerse para contribuir efectivamente a colaborar con estos dolidos familiares para que sus enfermos, que son los enfermos de todos, no mueran como las piedras, como árboles abrasados.

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