CRÉMER CONTRA CRÉMER
Moros y cristianos
SEGURAMENTE, TAL VEZ, quizá lo que debiera constituir guión de este comentario sería o fuera el Presupuesto General de los dineros del país, en el cual, al parecer y según el pormenor que nos proporciona el alcalde de esta ciudad, León para los amigos, en el cual se especifican algunos de los capítulos que debieran figurar en el Índice general de los gastos urgentes de la autonomía estrictamente leonesa y que el señor regidor Mayor de la Casa Municipal sugiere en su comentario. Pero es que nos acucian de modo dramático cuando menos dos sucesos que nos tienen en vilo, o con el alma en un hilo: la puñetera sequía de este año y los arriesgados inmigrantes. De los primero, lo mejor es no hablar y confiar en la Virgen de la Cueva y de lo segundo, ya ha sido autorizado el ministro de la guerra o de la gobernación o de donde sea más necesaria su intervención, señor José Bono, para enviar tropas y más tropas a tierras enfebrecidas del África. Nuestros pueblos más entrañables entre los múltiples que figuran en nuestra historia, aquellos y estos vecinos que tan felices acentos romancescos nos proporcionaron («Moro de la morería/ el día que tu naciste/ grandes señales había:/ Estaba la mar en calma/ la luna estaba crecida/ Moro que en tal signo nace/ no puede decir mentira), bueno pero a lo que íbamos que es el asalto de nutridas bandas de enloquecidos y desesperados hambrientos asaltando nuestras fronteras para ocupar el puesto que pretenden tener en la Península. Ya forman una comunidad humana que nos imponen, sin abandonar nuestra capacidad de solidaridad, cuando menos una operación de selección, de limitación de la generosidad hispánica, para impedir que por el buen ser y parecer nos quedemos a la intemperie. Cerca ya de veinte mil extraviados, perdidos y desesperados víctimas del hambre no es que llamen a nuestra puerta, es que asaltan nuestras tierras, las ocupan y en determinadas circunstancias las dominan. Cuando el Caudillo moro tomó la ciudadela de Tarifa, cruzó el estrecho y se desplegó por la Península, los asaltantes apenas si eran un millar contando con los caballos. Más tarde, así que el Rey moro lo pensó, montó la Marcha Verde y con una muchedumbre de alucinados, nos hizo abandonar los territorios ocupados por los españoles, aprovechando la debilidad de los herederos de los que lucharon en los Tercios de Flandes, para coordinar las acciones de uno y del otro estilo, a su manera y a su conveniencia, sin que nosotros, los hijos más o menos putativos de Isabel y Fernando, los famosos Reyes Católicos, moviéramos una escopeta para impedir esta tan enconada discrepancia. A este paso de carga, me dice el vecino que hizo la guerra en Regulares, España se convertirá en una patria mora, como lo fuera Granada hasta lo de la pareja de Isabel y Fernando. Y no es que nosotros que como el señor Trillo cuando lo del islote de Perejil o de las cabras, despleguemos nuestra artillería y rechacemos a tiro limpio a los salteadores de alambradas, pero algo habrá que hacer si no queremos acabar como Cervantes, cautivos en Argel o encadenados a las galeras de otro Saladino Conquistador. En manadas de quinientos se precipitan sobre nuestras alambradas y consiguen entrar en España. La peripecia tiene una segunda parte en la Península, con papeles y sin papeles. Y como el Rey Godo de Zorrilla, es llegado el momento de lamentarse: Porque hoy es un día de hiel De asalto, dolor y saña A la infeliz España ¡Y ay de quien fue causa de él!