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JOSÉ ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

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LA AMBICIÓN tiene dos caras. La necesitamos para progresar en el camino de la vida, para formarnos, para desear perfeccionarnos. Pero hemos de reconocer que a veces nos domina y nos esclaviza. Sobre todo cuando no ambicionamos ser mejores sino solamente tener más. Más dinero, más posesiones o más poder. En su Apología de los pobres dice San Buenaventura que a Cristo se le tributó honor de rey, pero no de profeta o de sacerdote. Con todo, al lavar humildemente los pies de sus discípulos, mostró que en verdad era Maestro y Señor y debía ser reconocido como tal. Así inducía a los discípulos a imitarle en la humildad que él mismo les había enseñado. El Santo añade que al rehuir el reino, Cristo dio a sus seguidores el ejemplo de rehuir la gloria, el favor y la prosperidad. En el salmo 130 que hoy se recita en la misa, se repite una conmovedora confesión de humildad: «Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad». Títulos y apariencias En el evangelio de hoy Jesús conde na la altanería de los letrados y los fariseos (Mt 23,1-12). Los denuncia por su incoherencia: no cumplen lo que enseñan. Además, critica su dureza: imponen cargas que ellos no están dispuestos a llevar. Y, finalmente desenmascara su deseo de aparentar, su ostentación y su afición a los títulos sonoros. Estos antivalores no son exclusivos de aquellos fariseos. Seguramente los podemos descubrir hoy en muchas personas de renombre. Y en nosotros mismos, sin ir más lejos. Ahora bien, los discípulos de Jesús no deberán presumir de los títulos de padre, de jefe y de maestro. Algunos han visto en ellos una alusión a las tres personas de la Trinidad. En consecuencia, por muy altos que se encuentren en la jerarquía, los creyentes no deberían atribuirse estos títulos que sólo corresponden al mismo Dios. Todos tendremos que revisar nuestras actitudes interiores. Y, sobre todo, esas ridículas formas de aparentar más de lo que somos, que no logran engañar más que a nosotros mismos. Un nuevo estilo El texto evangélico incluye una frase de Jesús que se repite en otros contextos: «El primero entre vosotros será vuestro servidor». Seguramente esta expresión era muy frecuente en los labios de Jesús: ¿ «El primero entre vosotros será vuestro servidor». Con esa frase Jesús se estaba definiendo a sí mismo. Él era el Señor que voluntariamente se había convertido en esclavo para rescatar de su esclavitud a los que amaba. ¿ «El primero entre vosotros será vuestro servidor». Esa frase señalaba un camino para todos los miembros de la comunidad cristiana. Siguiendo al Maestro, todos hemos de estar dispuestos a prestar nuestro servicio generoso y humilde a los hermanos. ¿ «El primero entre vosotros será vuestro servidor». Finalmente, esa frase de Jesús anuncia para todo el mundo un nuevo estilo de ser y denuncia todas las altanerías y ambiciones que corrompen la convivencia social. - Señor Jesús, que, adoptando el papel de los esclavos, lavaste los pies de tus discípulos, líbranos de la ambición y guarda nuestra alma en la paz. Amén.

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