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VICTORIANO CRÉMER
León

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HAY DÍAS EN QUE UNO no está ni para princesas ni para Rubenes Daríos. En cambio ocurre que, como una cierta forma de compensación celeste, en vez de tremendos caudales de agua y atormentadas convulsiones de tierras infecundas, el poeta del modernismo se acuerda de la necesidad que el mundo padece de parir princesas de oro, rodeadas de príncipes gallardos y rodeados de bellísimos niños. Cuando fue creado el paraíso terrenal, precisamente allí donde la espantosa actualidad coloca las tierras de la muerte y los ríos Eúfrates y Tigris se dirigen huyendo hacia el mar, escribe su mensaje: ¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil! ¡Quién volará a la tierra donde un príncipe existe/, (la princesa está pálida. La princesa está triste)/ más brillante que el alba, más hermoso que abril! Los pueblos debieran proveerse de princesas para cada amanecer, y no por otra razón que por la de que en ese día glorioso en el que todo parece convertirse en motivo azul, el pueblo, las gentes, los humildes y puros, se sienten también un poco felices. Y preguntan a la princesa de turno: ¿Por qué está triste la princesa si el mundo, poblado de flores y de luces celestes recorre las rutas del dolor y de la miseria olvidados de sus agonías, declarando su amor a la vida, a la alegría «¡Alegría, alegría de los vientres redondos bajo la camisa!», que declaraba Lorca. No se puede declarar, sin temor o error, que esta tierra nuestra, sobre la que resistimos, sea un paraíso, sino más bien todo lo contrario. Pero según anuncian los claros clarines, la princesa ha parido una niña que puede llegar a ser reina y el pueblo entero y verdadero, incluidos los pobres y los tristes, los amargados y los felices, corren ante el portal de Belén, donde ha tenido lugar el acontecimiento a dedicar sus parabienes, sus mejores deseos, sus únicos motivos de alborzo. Y allí, en la reata humana que se alboroza por el acontecimiento, están los que nunca llegarán a soñar con contemplar siquiera el paso de las carrozas con princesas: los trabajadores, los hombres y las mujeres de la gleba, los sin trabajo, los ocupa, los perseguidos por el pan y la justicia. Las princesas si no sirven para consolar a los tristes y para facilitar el pan al hambriento y la seguridad de un mundo posible a sus vasallos, a sus prójimos (lo acepten o no, prójimos son) ¿para qué sirven las princesas?. Las princesas tienen el deber de ser siempre un milagro para todos los seres de sus alrededores y aún de sus lejanías, como los reyes están obligados a velar por sus servidores. Pero sin regulaciones diferenciales, sin distinciones, sin mengua de los derechos que como seres humanos todos tenemos, hasta los que nunca soñaron con ser princesas. La princesa, incluida la de Rubén Darío, no está triste. Todo lo contrario. Pero ha producido un estado de exaltación que no cabría prolongar hasta la consumación de tanta felicidad compartida, dando con ello lugar a que se olviden ¡ay! tantas otras ilusiones perdidas: «Hojas del corazón perdidas/ juguetes del viento son».

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