CORNADA DE LOBO
Resístete
ADECUACIÓN lo llaman, adaptación a la vida familiar, pero será un robo a decreto armado de los derechos que consagran los siglos y las costumbres que hacen de nuestra vida y nuestros ritmos algo salutífero y envidiable por ahí fuera. Quieren cambiar el horario español para adaptarlo al pulso europeo y a esas normas internacionales que les pone a toda esa gente cara de acelga en la jeró y un stress picudo por el culo arriba (que por eso vienen después de vacaciones a España, para reconstituirse). El parlamento español encarga estudios por ver de conciliar vida laboral y obligaciones familiares. Bonito parece y así nos lo venden, pero la auténtica razón por la que quieren ajustarnos los relojes no la confiesan: el dinero, la productividad, las galeras. Dicen que en ningún país se come o se cena a las intempestivas horas españolas, que en todo lugar tienen establecida la jornada racional y contínua, que hemos de renunciar a los altos mediomañaneros y a las comidas que no sean de sangüich en quince minutos a la puerta de la oficina, que es lo que hacen los neoyorkinos y londinenses con corbata en el pescuezo y bolsa de hamburguesa bajo el brazo (aquí al menos los albañiles llevaban tartera con filete empanado y alubias que preparaba la parienta); esto, por no hablar de la siesta -patrimonio histórico y cultural donde los haya- que la Europa calvinista considera una haraganería africana y reprobable. Por ahí van los tiros. Nos modificarán hábitos. Tenlo por seguro. Mandan los números y las cuentas de resultados; son razones económicas las que aquí dictan esta reconversión de nuestros horarios y del orden del día en cada agenda, las mismas razones que siguen estableciendo medidas y ajustes como ese disparate del cambio de hora para ahorrar velas y bujías que nadie sabe por qué sigue establecido, si sus beneficios parecen no sólo dudosos, sino discutibles. Estamos en una cultura mediterránea de calle concurrida y vida social intensa. Esa calidad y calidez humana deben considerarse irrenunciables, así que no será fácil, por mucha modernidad zapatera que le echen al cuento, que se acepten nuevas pautas y silbatos. Porque resulta que este es un país en el que solamente hay una cosa que nos fastidie más que levantarnos... y es acostarnos.