CORNADA DE LOBO
Sólo vergüenza
JUSTO cuando después de Núñez Encabo iban a llamar a voto alfabético al diputado leonés Manuel Núñez Pérez entraron las metralletas en el Congreso para largar por el cañón una enmienda a la totalidad constitucional. ¡Quieto todo el mundo!... Pero el mundo no se paró. Mientras los diputados echaban cuerpo a tierra para huir del horizonte de tiro o para buscar la vergüenza tumbada, reburdió la calle y los transitores se convirtieron en el cordón umbilical que nos fijaba a la tranquilidad (tranquil, Jordi, tranquil, que es la Guardia Civil, cantaba después La Trinca). Así me lo tomé, incluso frívolamente. No parecía serio, pues de principio tenía aquello toda la facha de ser una chufla pedorrilla de sainete con nostálgicos del paredón consumidos por la impaciencia y por la certeza de que ya jamás España daría vela o confianza a unas voces de mosquetón con basura retórica del extremado Blas Piñar (difunto que Alá confunda) y a sus redenciones recetadas con insolencias cuarteleras. En nada me intranquilicé, digo; hicimos café, sacamos el güisqui, cheli, para el personal y salía frecuentemente a la terraza desde la que se veía el portón cerrado del acuartelamiento de Almansa. Ni se abría ni salía por él el vómito de caballería acorazada que cabía suponer. Sabíamos lo de Valencia, pero que aquel portón no se abriera me relajó del todo las alarmas que me servían por teléfono o en el timbre de casa cuando llegó un destacado político del pecé acompañado de alguien y de una gavilla de nervios desatados. Me comentaron que ya habían hecho desparecer los ficheros del partido y que les había aconsejado la poli buena (seguía habiéndola mala y matarrojos) no dormir en sus casas por si el pelotón de los chivatos hacía cumplir la lista de inmediatamente detenibles que al parecer circuló aquella tarde en los conspiraderos leoneses donde se cagaron los que habrían secundado el golpe de haberse viabilizado, pero que bien se encargaron después de que no se sospechara o se llegara a saber (alguno siguió incluso en su cargo público y hasta recibiendo después medallas al mérito constitucional, jodó). Mi falta de miedo no era mérito; soy un inconsciente, aunque algunos periodistas etiquetados como putos rojos andábamos también en la relación o en las ganas de pasearnos que tenían algunos. Yo sólo pasé vergüenza ajena.