Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Mahoma es su profeta

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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SEGÚN LA IDEA generalizada entre muslines o moriscos la imagen de Mahoma, el Profeta, no debe ser encomendada ni a la inspiración ni a la historia. El profeta es como es. Y solamente Alá el misericordioso está en condiciones de trazar los signos de la efigie de Dios. Porque no hay más Dios que Alá y Mahoma no es cosa de abandonarlo al criterio cristariológico que pueda tener por ejemplo el Greco. Posiblemente, si a algunos de los imagineros musulmanes se le ocurriera imponer la efigie de Alá o de Mahoma, como se ha heredado más o menos e intentara trasladar la idea que de imagen tan intocable ha conseguido sobre el lienzo el papel o la piedra, sería condenado, porque la letra dejó para conocimiento y respeto de las generaciones creyentes, una imagen espiritual, valga el término como licencia, pero no como referencia tangible y corregible. Alá, o sea Dios, es como es y no es tolerable que el hombre intente siquiera enmendarle la plana a sus evangelistas. Cuando a un muralista del oficio y dominio de la teoría como José Vela Zanetti le encomendaron el mural principal de la iglesia parroquial de Jesús Divino Obrero, el pintor se procuró, mediante informaciones diversas hacerse una idea aproximada de cómo debía ser la sagrada imagen de Dios. Y le fueron necesarias numerosas pruebas, bocetos, hasta que al fin diera con una imagen que le satisfaciera. Una vez resuelta esta tremenda prueba, solicitó la reunión de varias autoridades eclesiales que pudieran disponer de datos fidedignos de la fisionomía de Cristo y se propuso la figura definitiva, antes de cerrar el ciclo de las adivinanzas, al superior criterio del Obispo de la Diócesis, Excelentísimo. Sr. Don Luis Almarcha y éste, escuchadas las conclusiones a las que la docta Academia había llegado, concedió el permiso definitivo. Y quedó inscrito en la Gran nómina hagiográfica como posible imagen de Dios la del pintor leonés Vela Zanetti, quedando depositada por cierto la última prueba en la humilde casa de uno de los parroquianos de la feligresía. Como los musulmanes al parecer no aceptan la transcripción de la figura humana, -ni siquiera la del Dios- en su imaginería la de Alá debió quedar depositada en los libros sagrados y toda reproducción en pura imaginería íntima. De modo que cuando unos artistas llevados por su afán de notoriedad vulneran todas las leyes establecidas y proponen imágenes absolutamente laicas para conocimiento de la realidad del dios único, los adictos, los fieles, los transidos por la fe, acogieron el acto como una señal de agresión doctrinal, como una herejía, y se echaron a la calle para protestar por el acto que estimaban herético y culpable. Y en esas estamos. En plena guerra de las imágenes, de las representaciones. Porque no se puede al aparecer de auténticas vulneraciones de la verdad dado que no se ha permitido reproducir aquello que se pretende defender. Pienso en el mejor de los casos que toda esta parafernalia montada, con masas humanas vociferantes y malheridas, no es sino una manera como otra cualquiera de enfrentarse contra una situación, más bien política y social que tiene sometida a la islaminidad a condiciones inferiores de viva. Y como sospechan y como piensan, si es que tienen tiempo para ello, que los responsables de esta situación de inferioridad a la que están sometidos es el resultado de la tiranía, del dominio y de la interesada utilización de la religiosidad para mejor defensa de sus intereses, proyectan sus iras sobre una cristianidad aterrada, sin parar mientes en indagar sobre si no serán tan responsables de su situación social, política y cultural, aquellos de sus gobernantes, jefes religiosos y guardianes de las esencias del verdadero islamismo, los que no estarán contribuyendo a esta forma de desesperación disfrazada de guerra de religión. No hay guerras de religión. Todas las guerras son en defensa del becerro de oro, con Alá y sin Alá.

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