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JOSÉ ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

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El sacrificio de Isaac es un pasaje bíblico impresionante (Gén 22, 1-18). Algunos se han preguntado cómo puede Dios pedirle a un padre que dé muerte a su hijo. ¿Basta el gesto de obediencia de Abraham para que Dios se muestre satisfecho? Para otros, este relato nos enseña justo lo contrario. En medio de unos pueblos que ofrecían sus hijos primogénitos a los dioses, Abraham y sus descendientes han comprendido que Dios no quiere vidas humanas. Basta el sacrificio de un animal para significar la verdadera adoración. Andando el tiempo, el mismo Dios les hará saber que antes que todos los sacrificios, prefiere la misericordia. Y más adelante aún, los adoradores de Dios, sabrán que el verdadero y único sacrificio ha sido el del Hijo de Dios. De todas formas, el padre Abraham que está dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac parece un reflejo del mismo Padre celestial, dispuesto a ofrecer a su propio Hijo para la salvación de la humanidad. El relámpago En ese contexto se sitúa el relato evangélico de la Transfiguración de Jesús. Él había anunciado a los discípulos que sería llevado a la muerte. A continuación se retira con sus predilectos a una montaña, en la que sus vestidos se vuelven de un blanco deslumbrador. ¿Cómo olvidar la espléndida tabla que, sobre este tema, pintó Rafael? Flanqueado por Moisés y Elías, que flotan con él en el aire, Jesús mira sereno a lo alto mientras abre sus brazos. Los tres apóstoles que lo acompañan están derribados por tierra, turbados y medio ciegos. En la parte inferior del cuadro, en una escena abigarrada, los discípulos se preguntan cómo curar al joven epiléptico. El prefacio litúrgico nos advierte que, al mostrar en el monte el esplendor de su gloria, después de anunciar su muerte, Cristo atestiguaba, de acuerdo con la Ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección. Con razón escribía Romano Guardini que «la Transfiguración es el relampagueo luminoso de la resurrección venidera del Señor». El hijo amado En el marco de la Transfiguración resuena una voz celestial que dice: «Este es mi Hijo amado; escuchadle». Esas palabras dan sentido a toda la escena. ¿ «Este es mi Hijo amado; escuchadle». Colocada en aquel momento central de la vida de Jesús, esta frase, tomada del libro de Isaías, revela a Jesús como el Profeta definitivo, el Mesías, el Hijo de Dios. Un Mesías que retomaba el semblante humilde y dolorido, despreciado y redentor a la vez, del Siervo de Dios ¿ «Este es mi Hijo amado; escuchadle». Oída en nuestro tiempo, esta frase misteriosa nos invita a volver nuestros sentidos y nuestro corazón a Jesucristo. Si Abraham entregaba a Dios la vida de su hijo Isaac, Dios nos entrega la vida de su hijo Jesús. Prestar atención a su mensaje y abrirnos a su misterio es el camino que nos lleva a la vida verdadera. - «Señor, Padre nuestro, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro. Amén».

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