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LOS TIRIOS sostienen que se ha de llamar «nacionalidad histórica». Los troyanos, que «comunidad». Y los arapahoes de esta oriundez indígena, que ni paél ni palotro, sino «pamí», osá, Leonpamí (por las cerras de Fuensaldaña hay un otero que se pregunta cómo puede llamarse nacionalidad histórica algo que sólo tiene titantos años, pero resulta que el cuño nacional de León y Castilla exhibe ya algunos cuantos siglos de andanzas juntos o divorciados; con la historia que por aquí le sobra a este interior de cazurrancias y castillos, alguno podría darse con un canto y un tedeum en las pelotas o se haría una bandera del tamaño de un océano; pero bajándose de la cerra). Por partes: llamar a esto nacionalidad se antoja, cuando menos, ampuloso, desmedido, mentira y sabe a sobras, a segunda mesa, turno de cola, imitación de flaco o de mediocre. Nacionalidad es boca de nación, ganas de ser nacional y es imitación barata o tardía de cualquier nacionalista, que por tal propende necesariamente a ser grandón. De manera que lo de nacionalidad histórica ¿va de coña, no?... ¿Es por igualarse con la majadería secesionista?... ¿o es por cabalgar a una marrana a la que todos ya han jodido?... Comunidad es término donde mejor se cobija uno. Significa mucho la palabra. Procede del común y significa el común. Suena siempre bien: común, comunión, comunitarismo, comunero, comunicación, comunismo (aunque demostrara que lo único bueno que tenía era el nombre), comunal... En el común me aclaro. En la nación me diluyo. Comunidad me suena a horizontal; y nación, a vertical, pues siempre tiene tras de sí un estado tieso (y tras el estado hay un montón de dueños y un poder privado que tiende a patrimonializar lo público). Cuando Europa quiso reconstituirse en algo respetable no encontró mejor palabra para definirse que Comunidad. Me gusta. Seguramente, en la práctica no significará mucho más que otros nombres y la realidad administrativa será tan o más putona que cualquiera. Pero dejadme al menos consolarme en el nombre y en su significado. Todo lo que en común no se comparte se acaba pudriendo y concluye en hartazgo triste. El privilegio sabe a soledad. Y la soledad, a muerte. Solos no podemos. Solos, morimos. Y en la fosa común se pasa mejor que en un panteón.

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