Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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NUNCA PENSÉ que podía ver a lo largo de mi vida la desaparición de la España que conocí de niño en el mapa de la escuela. Una España que no había inventado Franco, pese a que su indigno régimen fuera el de entonces. Esa nación antigua que, como poco, surgió de la Constitución de Cádiz de 1812. Y me quedo en Cádiz por no remontarme a los Reyes Católicos, o a los remotos monarcas godos. España no es un destino, como decía la Falange, sino una realidad histórica. No es algo divino, sino muy humano. Pero, eso sí, uno pensaba que el país era sólido, al margen de las bombas que ponían aquellos etarras étnico-religiosos que empezaron a trabajar en los días de mi adolescencia. Años después, tras la entrada en vigor de la actual Constitución democrática, entendí, como tantos, que ése era el marco para el futuro; para un futuro muy largo y armonioso. Y también entendí que, al margen de que se ampliaran estas o aquellas competencias, la lealtad territorial era indudable, y que vascos y catalanes continuarían dentro de la unidad estatal sin mayores estridencias, al margen de la actividad de los muchachos de las bombas y de sus voceros políticos. Pues bien, casi treinta años después de aquel ambicioso diseño territorial, no parece muy estridente afirmar que España está en peligro de desmembramiento. Así lo creo y lo digo sin dramatismo, aunque no me guste la perspectiva. Por creerla absurda, insolidaria y falseadora de la historia y de la realidad social. Siendo ya más concreto, soy de los que creen que el estatuto catalán distanciará a Cataluña un poco más del resto de España. Y, si no, lean la norma y opinen. También creo que esa separación dará un paso más cuando llegue la nueva reforma de ese estatuto, que será mucho antes de lo que algunos suponen. También creo que el desenganche de Euskadi será todavía más intenso e irreversible a partir de pronto. Y me preocupa mucho el silencio de los socialistas navarros ante el expansionismo de los vascos más intrépidos. Aunque estoy convencido de que Navarra no será absorbida por Euskadi. Pero sí que habrá grandes problemas allí, al igual que en Valencia, pues el tirón separatista de Cataluña querrá ser exportado, con tintes imperiales, al sur del principado. En cuanto a Galicia soy más escéptico. Porque la mayoría de los socialistas allí, al revés que en Cataluña o en el País Vasco, no flirtean tanto con los independentistas. De momento. Barrunto, pues, una especie de confederación integrada por estados, de facto, independientes; algo parecido a lo que sucedió con aquel fugaz engendro que se interpuso históricamente, entre la URSS y la desmembración del artificial imperio comunista. Ahora bien, España no es un imperio. Es un estado europeo no menos homogéneo que Francia sin ir más lejos, no en vano allí también hay vascos, bretones, roselloneses, alsacianos, corsos, etc. Pero en Francia no sucede lo que en España, un país donde una buena parte de la izquierda tiene por progresista el ideario fanático de los secesionismos regionales. ¿Y por qué sucede esto? ¿Tal vez por odio a España? Yo diría que más bien por odio a Franco. Como si la izquierda aún identificara a Franco con España. Y aún se lamentara por la derrota en la guerra civil. Algo así debe suceder, acaso. Y por ello hay una izquierda que ve con buenos ojos a quienes, con toda sinceridad, manifiestan su interés por dejar de ser españoles cuanto antes. Es un asunto que resulta inenarrable. Alucinatorio y suicida. Pero por ahí vamos, poco a poco. Por mi parte, sólo pido que la disolución se realice en paz, eso sí. Y me gustaría que Portugal nos absorbiera; a esa España residual y perpleja, para frenar el incesante delirio feudalista.

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