CRÉMER CONTRA CRÉMER
La función y el funcionario
MARIANO JOSÉ DE LARRA no se anduvo con tapujos ni con frases de entretenimiento. Recogió la escena en algún lugar dedicado al servicio público y describió la filosofía de la situación de la manera que comprobará el diligente lector: «... Vuelva usted mañana. El oficial de mesa no ha venido hoy». Y el funcionario siguió atento a la lectura del periódico y el consultor, silencioso y sin atreverse a argumentar ninguna ley que impidiera al funcionario no acudir a su servicio sin causa justificada, abandonó la oficina, asombro de lo que consideraba falta alevosa de su obligación para con el cliente. Este episodio, repetido una y mil veces, se convirtió en peculiaridad, en costumbre, en ley laboral a la cual el funcionario no atendía con la debida diligencia. De lo cual se dedujo que la actitud corriente de funcionario español era la menos diligente del universo mundo, y que de esta perezosa manera de entender sus obligaciones le venía al trabajador español, empleado en la función pública, a cargo de municipios, diputaciones, consejerías, autonomías y todo servicio sufragado por organismos oficiales, lo que equivalía a desidia, desatención y escasa o nula capacidad de atención al cliente como se entendía que exigía su trabajo y la remuneración que por él era bien pagado. Contra esta tendencia o vicio de dejar para mañana lo que puede hacerse en el instante en que es demandado por el cliente, se forjaron leyes, se promulgaron edictos, se adelantaron sanciones. Y hasta se impusieron relojes capaces de controlar la función de cada empleado. Fue inútil. Vinieron estamentos políticos de diverso y diferenciado signo político, socialistas, conservadores, eclesiales y republicanos. Y el funcionario siguió con su ya tradicional desgana laboral. Hasta ahora, hasta no hace mucho en que al fin el empresario-estado, a la vista de tan frenética desgana, ha tomado el acuerdo y se dispone a imponer por las buenas y por las regulares en el campo del empleo oficial: «El empleado público que no rinda, será trasladado a otro puesto de trabajo, o sea será castigado con el traslado de su quehacer a otro servicio, que pudiera no ser ni tan generosamente pagado ni tan descuidadamente desatendido. La funcionalidad española no es que sea mala, es que no está bien dirigida. El trabajador hispano es altamente apreciado así que se desprende de los clásicos vicios del empleado oficial para toda la vida y ello nos hace pensar en que por fin los responsables han dado con el defecto de nuestra acción burocrática y con la manera de corregir tan deshonesto comportamiento. Hablo y escribo sobre el caso con sobrada razón: durante muchos años he compartido tajo con compañeros de la misma índole y nunca se manifestaron torpezas, ni manipulaciones, ni perezas, ni desabrimientos cuando se tratan de cubrir un servicio con el cliente en porceso de espera. El obrero español, el funcionario español, salvo excepciones que puedan producirse pro razones extrañas, es un trabajador leal y responsable y no cabe achacar a su desgana el resultado de un trabajo o de una gestión. ¿No sería mucho más conveniente y eficaz aplicar a los directores lo que se achaca normalmente al empleado?