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EL FOSTIÓN de autopista suele ser morrocotudo y algo salvaje. Zumbando a esas velocidades de vértigo, el arcén es un peldaño a la gloria celestial o a las calderas donde el Botero, al que llaman Pedro, entrecalla las almas impías que van por la vida cagando tariles y pecaos. Sin embargo, en el último cómputo carnicero que hacen los de Tráfico se indica que más del setenta por ciento de las muertes se produjeron en carreteras secundarias, vías de segundo orden (las terceronas, ni se mientan, y haberlas haylas; mira estos nortes y aún las verás que parecen caminos carretales que van de la despoblación a la nada; y para cuatro votos que ya están cautivos no merece la pena el esfuerzo o la inversión; así que la muerte es quien las guarda). La impunidad con que se circula por este tipo de vías provinciales o comarcales viene dada porque hay garantía casi absoluta de que no asomen guardias, ni haya radares o controles, ni ná de ná. Y ahí va, o ahí viene, el mozo que vuelve de fiestorro o del pilón donde se embalsan los cubatas pedorreando a escape libre en su bugarro tunneao y ciñendo las curvas por contrario como entrando a matar. Cacharrazo seguro. Es el segundo coche que jode el nene, ele la grasia. Pero tendrá un tercero, porque papá no le parte la cara ni se la tunnea después (hay caras que piden metalizarlas y pintarlas de rojo alarma). No es sólo el modorro veloz y chulo quien inyecta peligro a estas carreterillas de mierda. La fauna mortal se integra con toda suerte de tipos: el vejete lugareño que va confiado por su veredita archisabida y se considera dueño moral del camino y su campeo; el camioneto del reparto o de la recogida de leche que se sabe de memoria cada metro y lo lleva de a hecho, por sus medios; el foráneo con cochazo que exige para su marca carísima un respeto y alardea de una amplitud que allí no cabe; o el despistado, el de las apabardas y el que por eludir el resalte de una alcantarilla o pontona del arcén pega el volantazo y besa directamente en los morros al que viene de frente. Mal asunto las secundarias. ¿Soluciones?... No hay guardias. Pues píntenlos en cartoné, recórtenlos y plántenlos de silueta en las cunetas cada poco. El astuto aprenderá el engaño, pero colando uno de verdad cada veinte, la cosa será de risa.

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