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VICTORIANO CRÉMER
León

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NO HABÍAN TRANSCURRIDO cuarenta y ocho horas desde la representación de la parte batalladora, con armas en la mano, declarara que se permitía la licencia de declarar el alto el fuego y la correspondiente tregua para aclarar las circunstancias que pueden permitir la paz permanente, cuando en un cierto lugar de Navarra, que es tierra vindicada para la composición de la tierra vasca total, se produjo un acto de pillatería, prendiendo fuego a un taller o comercio de productos varios. Los destrozos fueron totales, pero ¡ah! No hubo víctimas, lo que no deja de ser un motivo de satisfacción, pues parece o parecía que solamente cuando el acto violento se cobra víctimas humanas es cuando parece que es obligada la protesta. O sea, que el alto el fuego ha dejado de ser una señal válida para la conquista de la paz. Naturalmente, el hecho terrorista rompió todos los instrumentos de contención y de entendimiento entre las partes y los unos por unas razones y los otros por sinrazones probables, se dispusieron a continuar la pelea. Fue en cierto modo inútil que se insistiera, por quien parecía estar dotado de información verídica para ello, que nos habíamos encontrado durante unos días en el estado de gracia que se hace indispensable para alcanzar la paz absoluta, el fin definitivo y real del fuego y que no debíamos desdeñar la oportunidad de alcanzar el estado de entendimiento y pacificación que estamos persiguiendo; ni fue suficiente para calmar el estado de crispación reanudado con motivo del nuevo atentado con que se declarara que el acto canallesco era más bien obra de algunos desalmados fuera de cualquier control, porque la sociedad española, al cabo de tan prolongado estado de violencia, no parecía aceptar con demasiada complacencia la declaración de paz que se anunciaba. Y no es que el hombre prefiera la guerra y que el estado normal del español sea la guerra entre hermanos, sino que no parecen observarse signos claros y terminantes de espíritu de concierto y amor entre las partes, como si nos estuviera a los españolitos madre, nos guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón, exactamente como si estuviéramos condenados a no tener ni siquiera la paz de los sepulcros, seguimos incrédulos siguiendo con alarma y con dolor la ruta de sangre y cataclismo que alguna porción bestial de la especie humana pretende sostener, no se sabe si hasta que revienten los caballos, o hasta que, convencidos de no disponer de los medios idóneos para contrarrestar civilizadamente la tendencia elemental de los catastrofistas, nos conformáramos con vivir sin vivir bajo la torva amenaza de los macabros saqueadores de la paz que nos acosan. Bien está que colaboremos con nuestros soldados en la reconquista de la paz de Afganistán por ejemplo, pero el capítulo de asaltos, de robos, de muertes a mano airada en España es demasiado lamentable como para no pensar primero en defender nuestra paz.

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