CRÉMER CONTRA CRÉMER

¡No hay novedad, señora baronesa!

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VICTORIANO CRÉMER
León

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¡NO TENGA USTED cuidado, señora Baronesa, que en Madrid no se derriba ni se tala un árbol del Paseo del Prado sin su permiso! ¡Estaría bueno, que un alcalde cualquiera que pudiera ser nombrado para presidir el primer concejo de la España de la Gran Transición, le fuera a poner los puntos sobre las íes a una Baronesa, nada menos que la Baronesa Thissen! Aparte, claro es, que la señora Baronesa y sus acólitos frente a la Alcaldía del señor Gallardón se equivocan en el número de árboles que se pretenden trasladar, que no son ciento y la madre, que se dijo en la manifestación promovida a los fines de la supervivencia arbórea de la zona, sino solamente diez y nueve o veinte que no van a ninguna parte. Y menos en un país como el nuestro y el de la señora Baronesa, en el cual se suelen sacrificar millares de árboles todos los veranos, así que los pirómanos se echan al monte. La anécdota de la señora Baronesa, de los museos de su discreción, saliendo a la calle vestida naturalmente de Baronesa del siglo XVIII en las Tullerías, y repitiendo con su dulce voz y su gesto lleno de encanto, lo de que «le talen la pilila» al Alcalde por ejemplo, no parece lenguaje muy protocolario, sino más todo lo contrario, pero todo sea por el arte y por los dineros que respetan sus exposiciones. La escenografía de este melodrama arborícola no puede ser más madrileña ni más ejemplar: Como fondo la deliciosa pintura del airoso arboledo del Paseo y frente al vaticano pictórico de la Baronesa, el Museo del Prado. Rodeando a la ínclita y generosa Doña Carmen Cervera (Tita Cervera para los amigos) la guardia pretoriana de sus guardias de honor, prestos a intervenir si a algún iconoclasta del país, que también les hay, le diera por interferirse en el guión y estropear la función, y una multitud fervorosa la que se supone que no sentía demasiado dolor porque trasladaran un árbol o diez árboles, mostrando carteles pintados naturalmente a mano, y sin autor conocido, que gritaba con ahínco, sin duda para que les oyeran los medios de comunicación y el mundo no se perdiera la escena de la señora baronesa y el pueblo: «¡Para alcaldesa, la Baronesa!». Lo que dígase lo que se quiera sobre el poder de la Gran Baronesa Thyssen, obligó al ilustre alcalde de Madrid, señor Gallardón, a dar marcha atrás y conceder a los sublevados de este nuevo 2 de Mayo, una demora de seis meses, tiempo destinado a meditar sobre las razones o sinrazones que abonan la presencia de la ilustre dama entre la multitud vociferante, «viva moneda que nunca se volverá a repetir», que diría García Lorca. Fue la de la actuación de la ilustre Baronesa Carmen Cervera ante las masas enfervorizadas de un pueblo en marcha, el acto de mayor rango y de los más graciosos de cuantos han tenido lugar en la España de la segunda transición. Pero no pase cuidado, señora Baronesa, si usted dice que nadie toque a uno de sus árboles, nadie será tan osado como para desobedecerla. Y seguirán sus árboles, y sus museos, y sus dineros, como hasta hoy. ¡No hay novedad, señora Baronesa!

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