CRÉMER CONTRA CRÉMER
Cocinando, que es gerundio
NO SÉ SI MIS VECINOS y amigos se habrán dado cuenta de la transformación, del cambio que se está experimentando, no ya en la naturaleza, donde ya ni los árboles sirven para lo que servían antes ni las ovejitas luceras alimentan al lobo. No es solamente la política, la economía, la ciencia, la que modifica sus estructuras y se disfraza de otra cosa para distraer la atención del enemigo o para disimular su propia apariencia real, temeroso de ser comido. Es el hombre y la mujer, solos o en pareja, los que no acaban de entenderse y adaptarse al medio. Y lo que en el Génesis aparece como una misericordia del Creador para que el hombre no esté solo, en la realidad se ha llegado a transformar en una deliciosa pareja por el dominio. Como siempre, los seres humanos que son una especie peleona, no se resignan a depender del otro contratante y aspira al poder. La mujer fundamentalmente se manifiesta en esta época como uno de los grupos más activos y decisivos. Sin prisa pero sin pausa, que dijo Ortega, la dulce dama de nuestros pensamientos y de nuestros sueños, nos empuja a que abandonemos nuestras prerrogativas tradicionales y hereditarias para colaborar en el cometido fundamental de vivir y dejar vivir. Para lo cual se resiste a ser la emperadora de la cocina y lucha con ferocidad para incorporar al varón, su compañero en las tareas propias del sexo común. Por ejemplo, la cocina. La televisión, que es la madre del cordero de todas nuestras virtudes, defectos y aspiraciones, se ha convertido en reflejo fiel de lo que la sociedad espera de esta pugna entre hombres y mujeres por ser cada cual lo que realmente es o lo parece: la cocina. Y en la contradictoria pantalla, se exponen ya con la reiteración de un asunto absolutamente liquidado, los varones protagonistas de la cocinilla. Lo que está produciendo una cierta forma de mediatización transformadora que incita a la mujer a considerar al varón, su compañero del alma, como el cocinero de la casa. Volvemos al tiempo del matriarcado, cuando la varona, a caballo y manejando con destreza el arco, la flecha y la honda, se echaba al campo a pelear y a cazar, dejando el cuidado de la casa, el hogar y los niños, al cuidado del varón mañoso y cocinilla. El contrato matrimonial actual además de atenerse a razones económicas debidamente establecidas de antemano, pugna por convertir al macho en cocinero y cuidador de los niños, de la casa y de las relaciones vecinales. Y no todos los hombres nacen con habilidades para el fogón, ni para el mejor manejo del niño llorón y meón, ni para el servicio de la plancha. A cada uno según sus posibilidades y de cada uno lo que buenamente pueda ser inscrito en su cartilla de familia. La televisión, acogiendo con fruicción tantas demostraciones de maestros de la cocina, están influyendo, creo que equivocadamente, en el comportamiento adecuado entre las dos partes contratantes: concediendo al hombre la libertad que hoy se le regatea y otorgando a la mujer las prerrogativas que le son naturales. Pero ni una más.