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TENEMOS la declinación del perdedor grapada al código de barras de lo español en tocando a Filipinas, al fútbol, la lotería y las alianzas internacionales. Desde que vino oro americano a España para levantar palacios y catedrales sabíamos que tanto imperio juntado por el abuelo Felipe II no tardaría en ser dividido por sus hijos y desbaratado por sus nietos, así que ya llevamos más de tres siglos ensayando perderes uno detrás de otro. Estamos hechos -y quizás echaos- a perder. Ganar debe ser un rediós bendito. Pero lo de ganar, como ya no se podía hacer con los de fuera, lo practicamos entre nosotros mismos montando, por ejemplo, una guerra civil o una estafa sofigescartefilatélica expoliando a pequeños ahorradores, que son muchos y cobardes. Por eso no nestaría mal lo que apunté de organizar España sus propios mundiales entre las dieciséis nacionales españolas y sus selecciones riojanas y olé. ¿Será por naciones?... Pero también se dijo que, en ese caso, jamás sería España quien ganara ese mundialito de la butifarra, la paella y los callos con merengue. Nacidos para perder. Que le encarguen a Sabina un nuevo himno de la selección, que le saque filosofía borracha a la derrota, que nos enchufe a la mística de esa muerte que nos es tan familiar y también idéntica en los versos de santa Teresa y en el himno de la Legión (lo que más le fascinaba a Emile Cioran de España era precisamente ese sentido trágico de nuestra existencia unamuniana, ese bailar agarrado con la muerte para exorcizar el éxito y la conquista... perdedores de la vida para ganar no sé qué glorias). Y la vida, en España, alguien te la acaba quitando y no será enemigo. Eso corre a cuenta del amigo que primero fue adulador y finalmente verdugo. A Raúl, verbi gratia, se le está quedando cara de místico por eso, porque le quieren quitar la vida de gloria, el alma de balón y la camiseta de poliéster. A la puerta del hotel que abandonaba la selección para ir a jugar contra Egipto, una panda de jóvenes y jóvenas voceaba sus furias y fervores. Un mocoso de cuarta y media vociferó rompiendo el silencio: ¡Raúl... estás acabado!... Jodó. El placer de nuestros perderes es que nos habilitan después para declinar lo que verdaderamente nos chifla, el linchamiento y calumnia. Pero tranquilos; todo bien; estamos hechos a ello.

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