Diario de León
Pedro García Trapiello

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YA QUE ELLA tiene sangre portuguesa, y por ello sosegada, le decía el otro día a Nieves, la de Miguel, que hay un argumento contundente para hacerse portugués: en aquellos bares no gritan... ni el barullo voceado se hace marea que sube a la nube de un techo lleno de humo y de las frases grandonas a cargo del cupo de cagansentencias que toca por cada bar de aquí. Hay más razones para hacerse portugués -como las esgrimidas medievalmente en aquel episodio comunero de Zamora que decidió acogerse a la protección del rey vecino porque el propio era un mindundi déspota y arbitrario-, pero hoy sólo viene al caso esa suavidad cortés que en la calle y en el trato suele tener por norma el portugués, aunque en su fondo sea lija o diente como todo humano. Las formas son las formas. Se supone que los bares de Portugal con tele enchufada en vena a los Mundiales serán también griterío, pero eso ocurre porque en fútbol y políticas el ibérico se convierte o se constituye en grada allí donde esté, como aquel que gritó gol en medio de una misa porque estaba a lo que estaba con un auricular en la oreja. Fútbol mediante, no sólo se vocea, sino que se condena y ejecuta en efigie. Lo que no parece de recibo es que grite quien se adueña del micrófono y del decibleio, quien retransmite la cosa, el locutor de marras que en la tradición radiofónica española se animaba en el relato si había pasión en el encuentro, pero jamás cayó en la escandalera con botas que no hace tanto se empezó a copiar de los desgargantados sudacas que cantan el gol con hélice y campanazos repetidos hasta abollar el tímpano. Pero en muchos pecados siempre va la penitencia. Los adictos al Mundial sufrirán el monopolio de una cadena de televisión que ha contratado como narrador principal a un vocingleras de tono cascado y tabernario, voz de lata, odioso matraqueo de macarra fantasmón con su insolencia. No sé cómo se llama ni por qué le tienen ahí con picudos comentarios y exaltaciones o pedancias apolilladas, muletillas gagás. Lo peor no es que sea tonto y grandón de frase, sino que no lo disimula, así que lo recomendable es apagar el volumen de la tele y poner la radio, que tampoco escatima en sus retransmisiones histeria boba y algarabía.

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