CRÉMER CONTRA CRÉMER
Er' mundiá
¡VAMOS A GANAR EL MUNDIAL! Es el grito de guerra que se escucha de Norte a Sur, de Este al Otro. Y vamos a ganarlo porque somos los más y los mejores, porque tenemos vocación de vencedores, desde los tiempos de los gloriosos Tercios de Flandes, que era cuando no se ponía el sol sobre las tierras del Reino de los Carlos y de los Felipes. Terminados los duelos por la infeliz muerte de «La Más Grande» y secadas las lágrimas derramadas, no le queda al españolito madre (le guarde Dios) otro menester más complaciente que el de asistir al triunfo de la escuadra hispana en el Mundiá de Alemania. Todo el español que se precie de serlo, está ansioso por asistir al espectáculo de la gran Victoria Nacional: «Vamos a ganá er Mundiá» Podría retener la atención de los españoles, libres de cargas, el debate inacabable entre tirios y troyanos sobre si se debe o no se debe tratar con Batasuna, libremente o a escondidas, para alcanzar la paz de los valientes, ni se cuenta con que el número de obreros parados, que ya sobrepasan los dos millones, pudiera movernos el corazón y la cabeza para comenzar a ver las cosas como son, pero no. ¡No y no y cien veces no!. Desde hace unos cuantos días contando desde la fecha en que me permito la licencia de inscribir la gran epopeya del pelotón entre las efemérides más notables del siglo, rueda el balón en alguno de los campos sangrados destinados a la confrontación entre las naciones más poderosas, España entre ellas. Y no es ni lógico, ni democrático, ni decente esquivar el serio compromiso de registrar este hecho histórico en los anales generales del Universo Mundo. Traten otros de la política que mandan hacer los partidos y sean los sindicatos de la madera los que intervengan en el comercio de las pateras y de los inmigrantes sin papeles, que a nosotros ya no nos corresponde sino compromiso de estar al tanto y al cuanto del Mundiá. Las autoridades deportivas y las culturales y las religiosas están atentas a este evento sobresaliente y solamente nos asalta un motivo de angustia existencial: «¿Jugará Raúl en esta memorable ocasión o será sustituido por algún hispano más barato pero menos emblemático?». No cabe duda de que el problema que se deriva de quién debe formar en la milicia vencedora o a quien corresponda quedarse en casa o en el banquillo es algo que turba la mente de los más esforzados historiadores. Porque si España resulta victoriosa en este Mundiá, su prestigio universal alcanzará niveles astronómicos y si perdiera, lo que no está previsto, volveremos a sentirnos acosados por los vientos enemigos que siempre soplan para los ricos. ¡Vamos a ganá er Mundiá». Los dicen los técnicos, los políticos, los clérigos y los seglares, los militares sin graduación y los niños con aspiraciones a llegar a ser defensas centrales del equipo de su pueblo. España esta vez sí que conseguirá conquistar un buen puesto en la tabla. Y no como siempre suele ocurrir: que nos quedamos en los hilvanes.