CRÉMER CONTRA CRÉMER

Tampoco es para llorar sobre los restos de la batalla

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VICTORIANO CRÉMER
León

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CUANDO TODAVÍA LA tierra aparecía ocupada por los dinosaurios y los mamuts y los elefantes y los cocodrilos, en la tierra no se conocía el juego del pelotón. Vinieron los ingleses, se instalaron en Huelva, mientras explotaban las fecundas minas sureñas, y dado su tradicional aburrimiento inventaron un modo de diversión que no fuera el croquet ni la persecución del zorro: El foot-ball, escrito en un inglés macarrónico para entendernos. Y los andaluces, que suelen ser gente muy despierta y capaz de convenir el Guadalquivir en un río para el amor de los califas, convirtieron a los católicos hijos de la tierra de María Santísima, en lugar apto para el ejercicio de la patada reglamentada. Y vinieron los mundiales, que vienen a ser como un ejercicio competitivo para ver quien, de entre los habitantes del planeta, daba mejor las patadas. Y durante tiempo y tiempo, mientras España y Francia, por ejemplo, dedicaban sus trabajos y sacrificios a discutir el modo de entender la libertad sin pisar raya, Inglaterra se consolidaba como el país más diestro y más ambicioso. Y ganaba todas las disputas que se promovían en el mundo. Y los pueblos tan hermosos, tan pacíficos y amigos de la pesca de trucha a mano, como era España, contagiado por los ingleses de Gibraltar y de Riotinto, se hicieron socios de lo que fuera, y establecieron campeonatos muy florecientes y provechosos para algunos. Y siguiendo la ruta de los conquistadores, presentaron armas cuando se establecieron los Mundiales, o sea los Juegos Olímpicos de la patada. España dedicó sus dineros, sus esfuerzos, sus sabidurías y sus sensibilidades al fútbol, como otros países se especializaban en el estudio de los Diálogos de Platón o en la apertura de pantanos navegables. Y en aquella fecha para la cual estábamos llamados los españoles, del dicho Mundiá, presentamos batalla. Movilizados fueron cerca de treinta mil aficionados vestidos de rojo y con pinturas en los rostros como los indios del Amazonas y en los encuentros a los cuales fueron destinados los escuadrones de mercenarios, ganamos a unos africanos que acababan de bajar de los árboles de su pueblo, con lo cual nos creímos que éramos los mejores además de los más numerosos. Y personas absolutamente serias aprendieron de memoria las canciones gilipuertas que exaltaban los altos valores de la especie, frente a pueblos como los ingleses, los franceses, los americanos y los asiáticos, que no tenían nombre ni puesto en la Confederación de Ligas. Y ante la trascendental batalla, fuimos movilizados, más o menos, hasta cuarenta millones de combatientes, incluyendo a los inmigrantes. Y nos desplegamos en guerrillas que habíamos ensayado en guerras como la de la Independencia o la de la conquista. Teníamos enfrente a la espúrea y traidora Francia de todos nuestros pecados, ante la cual habíamos sido condenados a la derrota en cuantas ocasiones se nos ocurrió formar en sus guerras de familia, y contra viento y marea, contra los designios de la Providencia, contra lo establecido por la democracia española recién inventada, fuimos vencidos, ¡ay de mi Alhama! y como el Rey Boabdil nos dedicamos a llorar como mujeres lo que no fuimos capaces de defender como hombres. ¿Qué va a ser de nosotros?

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