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VICTORIANO CRÉMER
León

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LO DEBE DECIR el fuero de los españoles, pero no estoy seguro. A lo mejor, no lo dice. Pero como el hombre es un animal de costumbres, malas y buenas, de todo hay, y desde mi más tierna infancia he seguido la de veranear, unas veces en La Candamia y otras en la solemne calle nuestra de cada día y de cada noche, me acojo a esta razón para disponer mi veraneo de este año. Cualquier hombre o mujer, con el suficiente uso de razón como para entender, por ejemplo, la dificultad de traducir al castellano alguno de los discursos de nuestros políticos, tiene derecho a unas vacaciones, así que llega el estío duro y puro. No hace falta para aplicar esta norma social ni someterla a debate parlamentario, ni convocar una encuentro entre bandos en pugna, ni encomendarse a ninguno de los santos de nuestra devoción; ni siquiera aprovechando su estancia en Valencia, la Dolorida, del Santo Padre de Roma Benedicto XVI, apelando a sus poderes heredados nada menos que del mismísimo San Pedro, para que nos sean concedidos los días de holganza y descanso que nos sean debidos por nuestro buen comportamiento y adelanto durante el ejercicio. Por tanto, mi despedida es muy leve, muy cautelosa, muy peripatética: me voy durante unos días, pero estaré con vosotros en el pensamiento, siguiendo con el mismo interés que si estuviéramos comiendo juntos, el complicado acontecer de la vida pública en todo León. No sin que me abandonen las preocupaciones naturales debidas a mi condición, a mis aficiones y a la mala ventura que me deparen algunos. ¡La vida es así, Federica y no hay que darle vueltas! Pero tampoco puedo eludir el compromiso de acostarme sin que me turben durante toda la noche las cábalas e imprecisiones sobre las elecciones para cubrir estrados y escaños, sin escoñar la música: o discurriendo en plena pesadilla sobre la final de la Liga Caja España, sin que se malogren las elecciones y sus resultados, sin necesidad de ofrecer propinas a los votantes. León va conmigo como va la acción de la Hacienda pública durante todo el ejercicio del año, y estoy convencido de que me será concedido el merecido descanso que me he ganado escribiendo sobre lo divino y lo humano, ya que no para mis glorias, porque mis ignorancias no garantizan medallas ni galardones especiales. Acudiré a cualquiera de los lugares codiciaderos en donde con pobre mesa y casa, como Fray Luis de León, me dedicaré a experimentar cómo mi vida, pasa, ni envidiado ni envidioso. Y me dejaré mecer por la brisa enamorada y arrojaré la mirada al mar, quizá pensando que, como en los libros pelmazos de J.K. Rowling sobre el joven mago llamado Harry Potter, en la lejanía del océano se me aparezcan los buques fantasmas. Y elevaré el corazón a Dios pidiendo que retire de mi sombra el embrujamiento de la pereza y del aburrimiento. Adiós, por tanto y, como a mí mismo, deseo a todos los leoneses y a los inmigrantes que se nos hayan unido en el día a día de la ciudad, la serenidad para el acogimiento de la vacación como lo que en verdad es o debiera ser: un tiempo para la solidaridad, para el amor, para el ejercicio de la mejor voluntad entre los hombres, aunque sean blancos.

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