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JOSÉ ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

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EN la memoria de Israel quedaba flotando un hecho importante en la vida del profeta Eliseo. Un hombre le había traído unos pocos panes de cebada. El profeta encargó a su criado que lo entregara a una multitud numerosa. Sorprendentemente hubo alimento para todos y sobró. En aquella historia antigua hay cuatro personajes. Todos son importantes. Por una parte está el hombre religioso que presenta una ofrenda al profeta. Por otra parte, una multitud que seguramente se ha reunido para escuchar al hombre de Dios. En el centro de la escena está el profeta Eliseo que deja ver su compasión hacia las gentes y su poder de multiplicar los panes. Y, finalmente, se encuentra también el criado del profeta que, en su aparente humildad, sirve de intermediario entre el profeta y la multitud (2 Re 4,42-44). Si bien se mira, el relato es una especie de parábola sobre las necesidades de las gentes y la misión del enviado de Dios. Éste ha sido llamado a trasmitir la palabra de Dios. Pero no se olvida de las necesidades más inmediatas de sus oyentes. Su compasión hace creíble el mensaje que transmite. Los panes El evangelio de hoy recoge una escena muy semejante (Jn 6, 1-15). También en él se encuentran los mismos elementos. El hombre que ofrece los panes es aquí un muchacho. Los panes son menos y la multitud es más numerosa. El profeta es Jesús. Y el criado es sustituido por los discípulos Felipe y Andrés, que ocupan un puesto importante en otros lugares de este evangelio. También este relato trata de subrayar la compasión de Jesús. Él no vive encerrado en sus elucubraciones. Sabe prestar atención a las necesidades de la humanidad. Su misión divina no le hace menos humano, sino todo lo contrario. Además, hay otra lección importante en el relato: el mensaje que Jesús transmite a la multitud fortalece al ser humano en todas sus dimensiones. Alimenta la carne y el espíritu. Por si fuera poco, se añade el detalle de la bendición. Jesús da las gracias antes de repartir el pan. Y los oyentes del evangelio asocian este gesto con la celebración de la eucaristía. El profeta Todavía hay otro detalle importante. El relato termina recogiendo los comentarios de la gente: «Este sí que es el profeta que tenía que venir al mundo». Todo parece confluir en este reconocimiento público de la misión de Jesús. ¿ «Este sí que es el profeta». Había habido muchos profetas auténticos. Y otros cuantos que se hacían pasar por tales. Como siempre. El criterio para distinguir los verdaderos de los falsos profetas nunca han sido las palabras que pronuncian. El verdadero profeta se conoce por los gestos salvadores que acompañan a sus palabras. ¿ «El profeta que tenía que venir». Entre todos los profetas quedaba siempre flotando la promesa que se encontraba en el libro del Deuteronomio. Un día vendría «el profeta» por excelencia. A él se dirigía la esperanza. Al fin, su pueblo lo había encontrado. También ahora, es preciso aprender a distinguir su voz entre todas las voces. - Señor Jesús, tú conoces nuestras necesidades más profundas. Sabemos que tu palabra es alimento para nuestra vida. Danos siempre el pan que nos da la vida. Amén.

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