Diario de León
Publicado por
Antonio Núñez
León

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SI NO FUERA porque no tiene ninguna gracia, la oleada de incendios que asola Galicia después del petrolero Prestige daría juego para la tira de chistes fáciles. El pueblo, que siempre acaba poniéndole al mal tiempo buena cara, otro remedio no le queda, seguro de que los saca a porrillo antes de que llegue la próxima desgracia, imprevisible como todas, incluída una posible opa hostil del Celta al Dépor, aprovechando que el presidente Lendoiro y el que fuera amable alcalde de La Coruña, Paco Vazquez, andan los dos de capa caída, el primero en la Uefa y el segundo de via crucis por el Vaticano. Sinergias para la fusión es lo que sobran, habida cuenta de que de veintidós jugadores galaicos la mayoría absoluta son negros -que disculpen Mazinho y Donato- eso sin contar los calzonzillos del equipo arbitral. A mayores, la cuestión del idioma tampoco plantea problemas al actual equipo autonómico, porque, según los respectivos entrenadores, en los vestuarios sólo se fala brasileiro, idioma medio pariente y fácil de traducir al de Rosaría en cuanto saques la calculadora de euros. Todo el mundo se entiende. Volviendo al asunto de la chamusquina y sin que los ignorantes que sólo hablamos español -cuando salimos al extranjero en vez de ir a Tiffany's nos conformamos con Zara, como Zapatero- no acabamos de comprender por qué alguien le arrea candela, así por las buenas, a los montes de su pueblo, si bien el PSOE parece haber encontrado la explicación: «son pirómanos del PP», ha dicho la ministra Narbona, «despechados porque no se les ha recontratado en las brigadillas contra incendios». La ministra de Medio Ambiente tiene, como diría el cantautor Sabina, la falta muy corta y la lengua muy larga, además de un escote generoso en el que caben todo tipo de argumentos de grueso calibre. Y más de un par, al contrario de lo que calcula Rajoy, que parece tolo, algo así como alelado y con la pájara ciclista para entendernos del puerto del Manzanal para acá. Las palabras de la ministra han sido respaldadas por el propio presidente Zapatero, que acudió a la zona como un rayo en una visita relámpago prometiendo humo para cuando se apague el fuego. Así está el panorama visto vía satélite o desde León, que queda más cerca, y lo demás es «agua va», en español, o «nos mean encima y hay que decir que llueve», en gallego. Porque esa es otra. Cuentan los periódicos que para renovar contrato en las brigadiñas antifuego es necesario ahora tener título de gallegoparlante, sin ser suficiente dialogar con las llamas un simple «manda carayo». Al parecer ésta ha sido una exigencia del Bloque Nacionalista que ha dado lugar al despido de miles de brigadistas del PP, los cuales parecían enchufados de por vida a la manguera del presupuesto, para ser sustituídos por otros del PSOE y del BNG. En tierra calcinada, o sea de nadie, han debido de quedar también las brigadas internacionales de pilotos rusos y ucranianos que en helicóptero o hidroavión ganaban antaño más dinero aquí bombeando agua que de coronel para arriba bombardeando en la URSS. Alguno debe de quedar todavía en León, aterrizando como puede, en la base aérea forestal de Tabuyo del Monte. A estos no es que les hayan echado, sino que simplemente han desertado por enésima vez tras pasar el muro de Berlín: recibir órdenes de vuelo en inglés de la Otan pase, pero que te manden en gallego, estilo superpotencia, debe arruinar los nervios del piloto más frío y cosmopolita. El asunto del amiguismo político en las contrataciones se podría arreglar con que un año los del PP hagan de pirómanos y del PSOE-BNG de bomberos, o al revés, y el año siguiente a la inversa, siempre que estén bien coordinados por el presidente de turno de la Xunta. Basta con hacer comprender a los paniaguados de los partidos políticos, todos con vocación de mandar al rival a la hoguera, la vieja máxima de que entre bomberos no es prudente pisarse la manguera. Respecto a las órdenes en gallego, le recuerdan a uno cierto veraneo en Sanxenxo, en un hotel con dos salas de televisión, una para ver a Indurain cuando era una joven promesa en el Tour (sólo para hombres) y otra en la que daban Falcon Crest en gallego (para mujeres). Llegaba el malvado JR a casa, descarayado tras una noche de juerga y le explicaba a Sue Elen, tumbada en la piscina, lo duro de una cena de trabajo después de que la otra, a su vez, hubiera despedido al amante. Era una escena que todas captaban a la primera, pero a la que en la televisión gallega añadían, por si acaso, una voz en off que decía «¡Ah, pardiño, pardiño!». Yo lo vi y se lo juro a Rajoy por mi bicicleta, que es lo que más quiero, y con la que, cada vez que paso rápido un charco, levanto polvo y a veces humo. Me pasa como al Gobierno.

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