Diario de León
Pedro García Trapiello

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PAVOR da el fuego si lo soplan. Arde la España mojada y verde. No es paradoja: el resto ya ardió o está chamuscado. Galicia es monte y árbol. Por eso. Allí el fuego tiene siempre donde morder. El aliento del diablo sopla en la nuca del Fin de la Tierra y se lleva el humo mar adentro. Las fotos del satélite retratan las Rías Bajas con una melena blanca sobre el océano. Parece la cabeza aventada de un viejo indígena. Esta vez, a los apaches de Nuevo Méjico les llegarán por fin las señales de humo y pondrán un correo a la Xunta dando soluciones: mead y escupid todos a la vez sobre la hoguera. Rajoy y Feijoo ya han meado sobre la barbacoa gallega donde todos quieren asar sus votos o a sus adversarios. Sus fotos para la prensa con una manguera de meadita en la mano y en camisa de popelín haciendo como que apagaban son un insulto a la decencia, a la veracidad y a todos los que se están chamuscando las cejas desatizando el infierno con ramones de follaje o huyendo de las casas sitiadas por ese crepitar pavoroso con que grita el fuego cuando trepa por pinos de diez metros o eucaliptos de veinte; ahí sólo cabe el rezar, blasfemar, llorar y maldecir. Hay guerra política y veranona en los fuegos de Galicia o las guadalajaras de este año que se personan en las noticias para joder las vacaciones a la autoridad. La ministra apuntó que en esa galerna de fuegos tiene algo que ver el mechero de contratados cesantes en brigadas y servicios, venganzas, despechos o sindicalismo salvaje que busca demostrar que hay que meter más gente fija en el horno y no sólo contratos de campaña. Es probable: un español sulfurado es el que dice aquello de «después de mí, el diluvio», o sea, la inundación de cenizas, la lluvia de pavesas. Y ahora vienen con recompensas al que se chive de autorías incendiarias. Cebada al rabo parece. La delación en este país no es un acto de responsabilidad ciudadana, una obligación legal, sino venganza contra alguien, cuenta pendiente. Imaginemos un tipo torvo: baja de un monte al que arreó fuego en dos polos, acude tan pancho a la autoridad, acusa a uno a quien profesa vieja tirria y no tiene coartada... y, encima, se lleva a casa una recompensa de pasta larga como premio a su colaboración ciudadana. En el fuego cabe todo. De llamas se hacen los infiernos.

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