Diario de León

Cosas de aquí | La vida, tras el embalse

El oso regresa a Vegamián

Aparecen huellas de un macho adulto en la zona del pantano del Porma, senda habitual de los plantígrados antes de que el agua anegara estos valles de la montaña leonesa

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Á. Caballero / I. Fuertes - boñar
León

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Al valle del Porma lo tapó un muro grande como un plantígrado y le asestó un zarpazo de más de 300 hectómetros cúbicos de agua a finales de la década de los sesenta, con lo que se alteró todo el funcionamiento del ecosistema. Ahora, cuando se rebasan las tres décadas de la reserva artificial del río, el oso ha decidido volver a utilizar el paso de la montaña oriental como puerto de costumbre, azuzado por el crecimiento de la población en los últimos años. Las doce crías que acumula en su agenda de seguimiento la Fundación Oso Pardo en el transcurso del año 2006 campan a sus anchas repartidas por las dos colonias que afectan a los terrenos leoneses: unos 130 ejemplares, según los últimos censos oficiosos. Pero en su carácter de animal de tránsito, que utiliza corredores de movimiento, el plantígrado ha escogido la cercanía de Pardomino para cruzar por los terrenos de Oville y el pantano y alcanzar, superado Barbadillo, la atalaya de los montes de dominio municipal de Puebla de Lillo, tras algún renuncio al acceso ante la valla del ganado que un empresario vasco tiene localizado al norte de León. Los expertos que se ocupan de la pervivencia de la especie señalan como causa de la vuelta de las costumbres el aumento del censo experimentado, sobre todo en estos dos últimos ejercicios, gracias a la actuación del programa que regula la Fundación Oso Pardo. A mayor número de miembros, más necesidad de espacio, una ecuación que cuenta además con la variable de territorialidad marcada por los machos de mayor edad, que expulsan de su zona a los jóvenes e incluso pueden llegar a matarlos en las épocas de celo. Y como la naturaleza aún no entiende de alteración de la lógica igual que los humanos, la necesidad ha obligado a los plantígrados de la parta inferior de la escala a dejarse llevar por el instinto en la búsqueda de los caminos que antaño hollaron sus abuelos. La senda quedó limitada por el agua del embalse y la alambrada de espino que protege los pastos de uso público. La huella marca las dimensiones del animal: casi 13 centímetros del centro del primer dedo al centro del quinto. La medida sirve a expertos para catalogar el perfil del animal: un macho de gran tamaño, que vaga solo por los parajes que trata de reconquistar después de que su especie, como otras, fuera expulsada de ellos. Caprichos de la colonización. El oso vuelve a dejar su huella inconfundible en la montaña del Porma, una zona marcada por los zarpazos humanos y olvidada de su misma mano.

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