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El fraile benedictino Martín Sarmiento y la Ilustración

Sarmiento no figura entre los prohombres de la Ilustración, por eso este estudio pretende averiguar el alcance de su pensamiento sobre temas de ciencia, sociedad y política

Publicado por
Antonio T. Reguera Rodríguez - león
León

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En la historia del pensamiento y de las realizaciones humanas son muy importantes las etapas de transición, en las que se empiezan a materializar los avances que hacen posible el progreso. El siglo XVIII coincidió sin duda con una de esas etapas de remoción en los órdenes productivo, político y social, anunciando la llegada de varias liberalizaciones. Desde luego, muy pocas cosas hubieran empezado a cambiar sin una mutación paralela en el ámbito del pensamiento y del conocimiento, en la filosofía y en la ciencia. En este contexto, llamamos ilustrados a un grupo de luminarias que guiaron el tránsito hacia la libertad de pensamiento a través de un campo minado por las creencias irracionales. En España, como en otros países, el estudio de este proceso ha dado lugar a una amplísima bibliografía, de la que es posible aislar el papel relevante desempeñado por algunos estudiosos de la sociedad gestante de su época. Feijoo puede haber sido la figura más destacada de su tiempo, y respecto a su papel de puente, tratando con su Teatro Crítico de superar «errores comunes», hay pocas dudas. Sobre su obra transitaron las ideas de la revolución científica del siglo XVII y el discurso preliberal generalizado en el XIX. ¿Y Sarmiento? Esta pregunta es más difícil de contestar. El fraile benedictino Martín Sarmiento no ha figurado habitualmente entre los prohombres de primera fila de la Ilustración española. En buena medida los estudiosos de su obra vienen reivindicando el ascenso de su figura a ese primer peldaño. Pero nuestro propósito es diferente. En el libro La obra geográfica de Martín Sarmiento hemos indagado en varios capítulos de su obra con la intención de averiguar el alcance de su pensamiento sobre algunos temas relevantes de la ciencia, de la sociedad y de la política. En modo alguno nos hemos dejado impresionar por el hecho de que fuera amigo y colaborador de Feijoo, al mismo tiempo que supervisaba sus obras antes de entrar en la imprenta. Tampoco por el hecho de que Feijoo le agasajara con el calificativo de «maestro», que en determinadas circunstancias y temas realmente lo fue. Lo que en esencia diferencia a ambos es que mientras Feijoo, con dudas y dificultades, trabajaba ya a favor de una sociedad nueva, Sarmiento pone su inmensa erudición al servicio de una sociedad antigua que ha empezado a vivir una profunda crisis. Feijoo es el acueducto que permite fertilizar los campos. Sarmiento es un constructor de diques con los que pretende detener las difluencias sociales, empezando por la propia libertad de pensamiento. Todavía, a mediados del siglo XVIII, seguía mirando con muchas reticencias a los protagonistas de la revolución científica del siglo XVII, como Galileo, Descartes o Newton, e incluso del siglo XVI, como Copérnico. Sólo hablaba del sistema heliocéntrico de Copérnico como de una hipótesis, para dejar a salvo las Sagradas Escrituras respecto a una teoría científica que era ya aceptada en la propia jerarquía de la Iglesia. La idea de movimiento en el Cosmos ligado a las fuerzas de atracción le producía un desconcierto que le llevó a pronunciarse en contra de todo sistema astronómico, pero en el fondo sabía que esto supon ía la continuidad del vie jo sistema, el aristotélico-ptolemaico. Sobre la relación entre Filosofía y Religión su posición es muy clara: ambas son dependientes, de tal forma que lo que gana una lo pierde la otra. Trata con displicencia a los denominados «filósofos modernos» porque sus obras eran ya un producto concebido al margen de la teocracia intelectual dominante. Su metodología científica sigue un empirismo ciego, más allá de la propia individualidad que somete a estudio, renunciando a cualquier sistema racional que aporte teorías, hipótesis, deducciones o un simple ordenamiento de la multitud de elementos o individuos analizados. Creía que los sistemas racionales acercaban al hombre a la comprensión de la obra del Creador; y eso sólo a Él le estaba reservado. Los hombres debían dedicarse al ejercicio de un empirismo que admira, describiéndola, la obra de la naturaleza. Reformas sociales Las reformas sociales son otro de los campos donde Sarmiento deja acreditado el verdadero alcance de su pensamiento. Se opuso al Catastro de Ensenada por varios medios, entre ellos la crítica más o menos fundada a una burocracia corrupta, la ironía y la descalificación. Se distanció de Ensenada por este motivo. En modo alguno quería ver aplicada la parte de la operación que exigía medir las propiedades de la Iglesia, y en particular de las haciendas monásticas. Propone como alternativa para conocer el territorio realizar una descripción geográfica superficial, centrada en los elementos generales del paisaje que no tocara el muy polémico tema de la estructura de la propiedad. ¿Cómo solucionar entonces los problemas de la agricultura española y en particular los de la emigración gallega? Sarmiento se dedica a redactar todo tipo de arbitrios en los campos de la producción y del comercio, pero destaca su obsesión por la agricultura. Pero ¿cómo se podían solucionar los problemas de la agricultura sin tocar la estructura de la propiedad; es decir, el latifundismo andaluz, el minifundismo gallego y los bienes amortizados de la Iglesia? Sarmiento tiene la solución: colonizando los montes públicos, los baldíos, los eriales y dehesas del común y hasta los pedregales y tierras completamente estériles, pues en este caso ninguna productividad podía esperar el colono, pero tendría donde caerse muerto, afirma. Si el lector así lo desea podrá encontrar en el libro otros muchos detalles de su pensamiento sobre la ciudad y su perversión, sobre algunas fábricas y la aparición del proletariado, sobre el comercio especulativo, sobre la pesca como riqueza autóctona de Galicia expoliada por los catalanes y sobre los vicios de un aparato administrativo al s ervicio del Despotismo ilustrado. El lector podrá finalmente contestar a la pregunta: ¿de qué Ilustración estamos hablando?

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