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ANTONIO TROBAJO
León

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El día 4 de febrero del año 1996 los lectores de Diario de León pudieron encontrarse con una nueva sección, insertada en el apartado de «Sociedad» en una página dedicada a Religión, que contaba además con un comentario a la liturgia dominical de José Román Flecha y el horario de Misas (en las últimas semanas se ha incorporado una interesantísima -y espeluznante y esperanzadora, a la vez- columna en que Cáritas diocesana de León nos restriega por la cara las cicatrices que deja la sociedad de la opulencia que nos abotarga. Aquella sección era esta que están ustedes leyendo hoy y ahora, «El pulso y la cruz», firmada por servidor. En las primeras líneas se leía: «Será a partir de hoy una sección que pretende hacer llegar a los lectores el ritmo público y externo del pulso semanal de nuestras Iglesias de Astorga y León, que caminan por estas tierras a la sombra de la cruz como signo más identificativo de los cristianos». Eso ha querido ser esta colaboración a lo largo de casi once años, con escasas ausencias de las páginas de los sábados (en alguna ocasión puntual pasadas al domingo), nunca debidas a la falta de original, ya que la vida de nuestras diócesis es tan exuberante que no necesita más que un cronista que ponga orden y algo de guarnición en el guisado. Pues bien, esta sección, a partir de hoy, salvo vuelco impensable en este momento, será sólo un recuerdo. Vamos, que ella y servidor nos despedimos. A lo largo de más de quinientas semanas hemos sido cómplices de muchos -pero que muchos, si uno hace caso a las confidencias callejeras- lectores que buceaban en ella para conocer por dónde iban el pulso y las cruces de nuestras comunidades cristianas, tomar nota en la agenda de lo procedente y tal vez hasta esbozar alguna mínima sonrisa con algún que otro chispazo de leves cortocircuitos que a gentes sesudas parecían no casar bien con la seriedad que se presume han de tener las colaboraciones periodísticas de índole religiosa. ¡Qué se le va a hacer! A lo largo de muchos años (más de una décima parte de la existencia de este centenario Diario) este escribidor (sepan que suprimí de mi colaboración hace años este sustantivo-adjetivo cuando un buen amigo me hizo ver que su uso era improcedente rebaje de la calidad de lo que se ofrecía) ha querido crear una especie de nuevo género literario que se ha colocado a mitad de camino entre la crónica, la agenda y la teología narrativa. Eran noticias de lo que había ocurrido, anotaciones de lo que había de venir y un cierto adobo de apostillas, pespuntes, remojos, paréntesis y consideraciones marginales que daban el sabor y las calorías de algo que, finalmente y sin presunción alguna, resultaba fácil de digerir, agradable al paladar estético y supuestamente trivial y hasta frívolo. Supuestamente, porque algún ramalazo de piri-piri, canela o comino se escapaba de vez en cuando de la tartera originante. El aliño venía bien en aras de conseguir el objetivo de todo escritor-escribidor: que los lectores se interesaran por aquello que les servían las galeradas de la página en la parte final del periódico, cuando uno llega ya cansado de pasar páginas y con la vista agotada por tener que deletrear las tribunas, las noticias de las comarcas, las menudencias de las páginas de economía y hasta las esquelas, tan próximas físicamente y tan cercanas muchas de ellas por eso de «habiendo recibido los santos sacramentos y la bendición apostólica». Pues justamente así se va esta sección, confortada con los auxilios espirituales que se usan, con verdad o como tópico, cuando alguien se va a mejor vida. Hay quien ha escrito que la mejor vida es la que se desarrolla en el reino de los recuerdos. Que eso pasa a ser esta sección. Gracias a todos los lectores, que han sido siempre un incentivo a la hora de asumir el penoso y gratificante trabajo de pulsar cada semana más de tres mil espacios de ordenador. Gracias de forma especial a quienes han animado a este servidor con su palabra cálida o su palmada firme en la espalda. Gracias a la dirección del periódico y a los responsable de «opinión». A todos. Hasta siempre. Queden en las mejores manos, que eso significa en origen nuestro «adiós».

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