Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

El soborno nuestro de cada día

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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EXISTEN DATOS HISTÓRICOS, municipales, nacionales y hasta internacionales que nos afectan de tal manera que es difícil sustraerse a sus influencias. Y de los apartados en el texto general quizá el que viene mereciendo una atención más atenta es el de soborno. En España el soborno se produce con tal naturalidad y frecuencia que es raro el ciudadano que a lo largo y ancho de su vida, no ha sido sobornado alguna vez, o al menos se le haya intentado incluir en la nómina de los sobornables. Hasta tal punto esta es una realidad inalterable en el transcurso del ejército, que los técnicos en cuestiones de estadísticas aseguran que en España se produce un soborno cada dos minutos. Y en ocasiones especiales cada minuto, si el cercado por el sobornador dispone de medios para llevar a cabo feliz su acción. La Academia de la Lengua viene a señalar, para general conocimiento y demás efectos que sobornar es corromper, mediante dádivas a una persona para obtener de ella algún favor. Dicho sea con mesura estilística y claridad de juicio. En España, sobre todo entre aquellos que tienen influencia, que manejan poder, que alimentan ambiciones inextinguibles, las acciones de soborno se producen de tal modo que al cabo de cierto tiempo de funcionar cerca del sobornador, el fino observador consigue alcanzar tal destreza en el descubrimiento del personaje, que no hay sobornador que se escape a su análisis y acoso. El refranero español, que es rico en esclarecimientos acuña la frase sabia de que en el país el que no tiene padrino no se bautiza, queriendo expresar de este modo tan galano que es tan corriente y moliente la existencia y la actividad del sobornante que es raro el español que carezca o haya carecido alguna vez de padrino. Es esta hora nuestra rica en sucesos de gran soborno y de vez en cuando surge el nombre de un poblado al cual ha sido halagado por los sobornadores, que se prepara a dejarse rendir, como mujer facilona, y por un plato de lentejas ofrecido al galopín municipal más preparado y eficiente, vende territorios, levanta masas inhabitables, tala bosques, transforma los valles fecundos tradicionales en campos de soledad mustio collado o en campos de golf, para el solaz y la ganancia de los que frecuentan el juego del soborno, sean estos miembros de los comités singulares de compra-venta de pueblos, o hábiles jugadores de ventaja, expoliadores bajo la disculpa de animar el turismo y los establecimientos de alterne. León, por no ir más lejos, y salvando todo lo salvable, la especie de los sobornadores es frondosa y se conocen beneméritos caballeros y sendas muchachas de buena espetera, que se han hecho muchimillonarios por la destreza de su juego. Barrios que un día fueron motivo de admiración por sus resonancias históricas o industriales fueron raídos y convertidos en inmensas moles de viviendas para funcionarios de mucho empuje: pues que el medio obrero de la construcción, de la Renfe (antes Caminos de Hierro del Norte de España) no alcanza para pagar el alquiler de una chabola apta para tanzanios náufragos de patera. ¡Un soborno por el amor de Dios!

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