Algunas algas marinas asimilan azufre, reduciendo su emisión a la atmósfera
La revista Science ha publicado las conclusiones de un estudio realizado por investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en el que se concluye que algunas algas microscópicas marinas se alimentan de azufre orgánico, lo que reduce la emisión de éste a la atmósfera, contribuyendo de esta forma a la refrigeración del planeta. Hasta ahora se pensaba que todas las algas producían azufre orgánico a partir de las sales marinas. Sin embargo, en la investigación, realizada por Maria Vila-Costa, Rafael Simó y José Maria Gasol, del Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona, se describe una nueva vía metabólica en los océanos. En concreto, se explica que algunas algas se comportan como si fueran bacterias ya que absorben el azufre liberado por otras algas y lo aprovechan para su propio crecimiento. Según ha afirmado Vila-Costa, «en el mar, las respectivas funciones de los distintos organismos no están repartidas de forma simple. Cada uno de ellos se ha ido adaptando durante la evolución para aprovechar al máximo todas las fuentes disponibles de alimento y energía, lo que significa que acaban desempeñando múltiples funciones». Según se indica desde el Departamento de Comunicación del CSIC, el papel de las algas unicelulares en el océano es similar al que desempeñan las plantas en la tierra. Así, con ayuda de la luz, convierten el sulfato inorgánico de las sales del mar en azufre orgánico, que utilizan para su funcionamiento. Este azufre, una vez que las algas se descomponen, puede ser transformado por las bacterias en un gas, dimetil sulfuro, responsable entre otros efectos del característico olor a mar que acompaña a la brisa marina. La emisión a la atmósfera de este gas interviene en la formación de nubes, con lo cual contribuye a regular la cantidad de radiación solar que llega a la superficie del mar. Vila-Costa resume las conclusiones del hallazgo afirmando que «una mayor emisión de DMS, como resultado de la acción de los microorganismos marinos, implica mayor nubosidad y, por tanto, una reflexión de la radiación solar, con la consecuente refrigeración del planeta». El equipo del CSIC, que ha trabajado con muestras obtenidas en el Océano Atlántico y en el Observatorio Microbiano de la Bahía de Blanes, en la costa Mediterránea, ha colaborado para realizar esta investigación con un grupo estadounidense.