CRÉMER CONTRA CRÉMER
Día Internacional contra la corrupción
¡Y MIRE USTED, SEÑORA MÍA, que es bonito y compensador escribir, hablar, debatir o plastificar sobre la Navidad y el portal de Belén y los Reyes Magos, y el turrón de Jijona y el mono de peluche para la niña!. Pues la realidad del mundo nuestro nos impone el tema de la corrupción, por encima o por debajo de todo, incluso hablar o escribir sobre el encuentro que se anuncia entre el Barcelona y el Madrid, para comprobar quién da mejores patadas, aunque en la refriega se nos vayan los dólares que necesitamos para que las catedrales no se cayeran de viejas y de construidas con materiales de segunda mano. Y esta imposición obligada se debe, sin duda, a que lo que de verdad predomina en la vida social, política, económica, cultural y religiosa de España, es la corrupción. Y se habla de lo que se dispone hasta en las horas de comer: somos protagonistas y víctimas de la corrupción imperante en nuestra sociedad y quien diga lo contrario, miente. Y la mentira forma parte del capítulo del libro nacional de la corrupción. La mentira es una corrupción por su naturaleza, por su esencia. Está corrompido hasta el aire que respiramos, el agua que no echan para beber, el beso que damos. Judas fue, en resumidas cuentas, un corrupto que se vendió y vendió a su maestro por un plato de lentejas en forma de treinta monedas. Por menos se venden hoy en España concejalillos, alcaldillos, ministrillos y demás gente oficial de bien vivir, a fuerza de corrupciones. Y es lo que cabe afirmar: del terrorismo se regresa así que la justicia se impone y los señores jueces ajustan la ley -que es su oficio- y los depravados, los tahúres, los tramposos, los manipuladores se ven obligados a entrar en vereda y cumplir con las imposiciones éticas que la razón y la decencia exigen, pero de la corrupción no se vuelve nunca y corrupto que actúa, corrupto que muere corrompido, descompuesta su estructura y convertido en un virtuoso de la infamia. En España se ha llegado hasta tal punto de desintegración moral, que aquí el que no sea autosoborna se queda en nada. Y la mayor parte de las acciones humanas están manchadas de los colores más viciosos y maleables del arco iris. Difícilmente se puede entablar entre nosotros un diálogo sensato, razonable y limpio, sin sentirse interferido por alguno de los miles de casos de soborno, de trasgresión, de gitanería que exhiben los carroñeros de la vida española. Y surgen ayuntamientos completos, personajes encumbrados que, a poco que se les analice, dan su agrio sabor de corruptos. En España, como en un descuido, como por sorpresa, surge una ciudad como Marbella sin necesidad de investigar, porque la corrupción están en casi todo lo que afecta a la vida pública, a los negocios, a las profesiones tenidas por invulnerables y sagradas. Somos, o si se prefiere, hemos llegado a figurar entre los pueblos más corruptos del universo mundo. Dándose el fenómeno de haberse descubierto el nivel más alto de poderosos bien pagados hasta en la cumbre del Olimpo político de España. Ya se sabe que es malo vivir en la necesidad, como diría Séneca, pero los corruptos viven de la necesidad del prójimo. ¡Coña, qué sociedad hemos heredado!