Diario de León
Pedro García Trapiello

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HAY un leonés de talla gigante a quien adeudo admiraciones más frecuentes y más abrazos escritos (que viva en Barcelona contribuye en algo a lejanías). Las personas se miden trazando la media entre lo que hacen y lo que piensan, entre lo que son y lo que dicen que son. Sabemos de genios que pintando, escribiendo o musicando eran prodigiosos, aunque su vida al ras de los días y de la prosa presentaba esquinas miserables. Por eso, promediando, sé que es gigante la talla de Ramón Carnicer, don Ramón... san Ramón, pues hay que tener bondad beatífica para no sublevarse viendo lo que le hacen en estas sus patrias chicas erigidas en madrastras o en putonas de jergón que del meneo, de la mentira o del halago hacen industria. El estilo personal de Carnicer y su grande obra literaria van parejos. Por eso don Ramón no se predica, no se postula, no perejilea, no insidia, no cazolea, no urde, no se infla... y no se obliga a comparecer en este rastro de vanidades, mercadillo provincial que, de tan provinciano, sólo provincianea. Este es el único gran delito del escritor villafranquino: si no está, no es. Así que... más a repartir, que corra la lista, que le quiten la silla. Ya fue escándalo que le apearan de la antología de escritores castellanos y leoneses (o leoneses y castellanos, que se montan), antología que saldrá a luces con untamientos autonómicos y bombo de centralidad mesetaria, ¡fuera de la nómina el catalán!, silencio enterrador para él. Pero el último rejo clavado en el alto morrillo de este grandísimo escritor podríamos llamarlo indignidad y nadie dirá que se exagera. Fue hace una semana, en las deliberaciones del jurado de Leonés del Año, al que le fue propuesta su obra y su talla a consideración indiscutida (también andaba Gamoneda en el florero, pero hace tiempo que renunció expresamente a este galardón ofendiendo a sus mentores y se le despachó del honor). Finalmente, tampoco Carnicer mereció una mínima mayoría del obligado tributo entre los eximios jurandos (o conjurandos). Que le den otra cosa, debieron pensar. Querido Ramón, hé aquí confirmada otra vez la vieja regla con la que alcanzo a entender en algo esta tierra nuestra: «León, sociedad de homenajes mutuos: me homenajeas y te homenajeo, me la chupas y te la chupo».

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