LITURGIA DOMINICAL
Las bienaventuranzas y las «malaventuranzas»
Después de la elección de los discípulos, Jesús comienza a hablar a la gente y lo hace siguiendo el proceder de los antiguos profetas del pueblo de Israel: con unas formas de advertencias y bienaventuranzas. La liturgia de la Iglesia, al escoger hoy el texto de Jeremías, parece estar dando una clave de interpretación a las bienaventuranzas. Los pobres, los que lloran, los que tienen hambre.... son los que, desde su desamparo, ponen su confianza total en Dios. Por el contrario, el rico, el que está saciado, el que ríe, al que todo le va bien, ya no necesita a Dios, porque pone su confianza en sí mismo. Dice un teólogo de nuestro tiempo: «Hay una segunda e importante clave de interpretación de las bienaventuranzas de Lucas: en este evangelio se ponen en relación a los «dichosos» con los «malditos». ¿No se puede decir que son malditos los ricos que son responsables de la pobreza de los otros; que son malditos los saciados que tienen responsabilidad del hambre de los pobres; que son igualmente malditos los que ahora ríen y que son responsables de las lágrimas ajenas? ¿No tendríamos que pensar mucho más en las contrapartidas de nuestra riqueza, de nuestros excesos, de nuestras risas?». Nosotros ponemos la felicidad en muchas cosas. Llegamos, incluso, a confundir la felicidad con el bienestar. Y, aunque son pocos los que se atreven a confesarlo abiertamente, para muchos lo decisivo para ser feliz es «tener dinero». Apenas tienen otro proyecto de vida. Trabajar para tener dinero. Tener dinero para comprar cosas. Poseer cosas para adquirir una posición y ser algo en la sociedad. Ésta es la felicidad en la que creemos, el único camino que se nos ocurre recorrer para buscar la felicidad. Casi la única manera de llegar a «vivir mejor». Sin embargo, la civilización de la abundancia nos ofrece medios de vida pero no razones para vivir. La insatisfacción actual de muchos se debe, ante todo, al vacío de humanidad y a la crisis de auténticos motivos para trabajar, luchar, gozar, sufrir y esperar. Hay poca gente feliz. Hemos aprendido muchas cosas, pero no sabemos ser felices. Necesitamos de tantas cosas que somos unos pobres necesitados. Así no se puede ser feliz. Y ¿si Jesús tuviera razón? ¿No tendríamos que imaginar una sociedad diferente cuyo ideal sea la satisfacción de las necesidades vitales de todos? ¿No seremos más felices cuando aprendamos a necesitar menos y a compartir más? Si buscamos nuestra felicidad, no podemos hacerlo a costa de la felicidad de los otros. Buscar nuestro desarrollo integral y el de los demás es el mensaje que hoy nos llega por medio de Jesucristo. Y hacerlo por medios evangélicos. El Reino de Dios comienza allí donde el corazón del hombre sabe vaciarse de sí mismo para llenarse de un amor fraternal.