Diario de León
Pedro García Trapiello

Creado:

Actualizado:

En:

RONDÓ el otro día aquí el campanazo campanero de que el ayuntamiento de esta urbe cóndita pretendía vender ese obsoleto mercado municipal de ganados y no encontraba el vendedor (de la parte contratante de la primera parte) quien tuviera parné o ganas, cuando lo que le urge enajenar a esta municipalidad es el matadero, ese sacrificadero de animales que se adornó en sus prólogos y breve historia con esparabanes largos, huelgas de hambre cortas, tongos diluídos y mondongos sin entripar. Me confundieron las fuentes o, seguramente, me confundí... o me enajené sin «enajenarme» en el apunte... y erré el tiro, que no las intenciones (las malas y las buenas), de modo que me rindo en disculpas y hasta donde haya que rendirse, porque causa sobra para que me tenga bien ganado el cachete justo, aunque sin llegar ese cachete a herida de cachetero, que es ese puñal de apenas medio palmo de hoja que utiliza el subalterno en la lidia con el morlaco estoqueado o el matarife para darle cachetezo al jato o vacorra que se persona en el sacrificio administrando la puñalada en la nuca de la bestia (nuca tengo, pero sólo soy media bestia; que me indulten en este trance y me ajusticien por otros sumarios). Que lo que quiera venderse no sea el mercado de ganados, no sé si alivia o me atribula, porque esas instalaciones algo catedralicias y desmedidas (eran tiempos de grandonismo faraónico típico de este ayuntamientín) para una cabaña algo ruinuca o inexistente en ferias, es una desproporción vaciada de su uso original y un gasto de cesto sin culo con su disparate en la recámara, por más usos múltiples, almaceneros y atropados que le echen al cubeto o se vayan inventando, que los inventan, y entre los que falta aún algo largamente demandado incluso por los propios interesados: que se convierta aquel recinto ferial en paponódromo cubierto donde puedan ensayar y desgañitarse sin delinquir contra el elemental derecho ciudadano a conservar su tímpano todas las bandas -que no cuadrillas- de timbales y cuernos semanasantinos, tambores y cornetas, tararís trepanadores y truenos al parche. Qué mejor sitio. Sobra bóveda para estrellar allí el bocinazo. Y dentro no caen gotas ni llueven juramentos contra ese guirigay de procesionantes ruidosos que rezan, como los fariseos, con trompetas.

tracking