CRÉMER CONTRA CRÉMER
Los tormentosos amoríos de Silvio Berlusconi
ESTA SOBRADAMENTE DEMOSTRADO, según parece, que el ex-jefe del gobierno italiano, ahora en situación de parado, aunque con toda la cuerda; está visto que este caballero y un truhán, es un dandy, es un buscador de bellezas perdidas y halladas en el templo; está claro que, pese a sus muchas ocupaciones, entre las cuales podía haber sido imponer un cierto estilo en la honestidad debida a su cargo, tiene tiempo para galantear a las estupendas señoras, señoritas y ancianas todavía de buen ver y que, pese a que está casado y bien casado, por la Iglesia de Roma y por el correspondiente juzgado, con Verónica Lario, que es una señora que levanta las piedras de la urbanización del Vaticano, se ve la infeliz marginada por el esposo, hasta extremos de indignidad. Y la buena, buenísima doña Verónica, al ver que su frívolo esposo, ni con la banda de presidente ni sin ella es capaz de dominar sus instintos de Don Juan Tenorio en vacaciones, se ha dirigido al juzgado italiano denunciando la actitud inconsiderada de su brillante y casquivano esposo, el Cabaglieri. Naturalmente se supone que el dicho Juzgado de guardia, ante la denuncia de la señora estupenda, hizo caso omiso de la denuncia, que achacó a la incontinencia erótica de la dama, y se produjo el fenómeno, nunca visto en Italia, de que la buena y estupenda señora Doña Verónica, en vista de que ni los hombres jurídicos, ni los de capelo vaticanista, le hacían ni puto caso, se asomó a la prensa, que es la gran alcahueta de amores perdidos y declaró que si el cabrito de su marido no cesaba en el acoso a todo aquello que vestía faldas, (excepto los capitulares tonsurados naturalmente), tendría que aguantar las consecuencias, por lo cual exigía, con valentía rayana en la osadía que el Cabaglieri hampón, buscón y golfante se excusase públicamente de su infidelidad y prometiera no volver a poner cerco nunca a señora, señorita o anciana de buen ver, costase lo que costase. Ante una demanda de esta naturaleza, los ex-jefes de gobierno del universo mundo, corrieron a cubrirse las espaldas, dado que hasta el primer ministro o jefe de algo israelita también hacía acopio de señoras, y a todos se les demandaba para que corrieran con los certificados de matrimonio en la mano a obligar a sus respectivos cónyuges a que se dejen de andarle al rabo de las señoras buenas que andan por el mundo y se dediquen como hacen o hacían las españolas del siglo XVII, y se apliquen al buen aire de sus respectivos matrimonios, tan sometidos los pobres a tremendas tentaciones dado el grandísimo número de señoras estupendas como andan por el mundo pidiendo guerra. Naturalmente el señor Berlusconi, que será todo lo que ustedes quieran pero de tonto no tiene un pelo, se apresuró a presentar públicamente las excusas que su esposa, Doña Verónica le exigía, asegurando, jurando si era preciso, con la mano puesto sobre uno de sus senos más palpitantes que sería bueno de esta fecha en adelante. Porque donde esté una buena esposa que se quiten todas las izas, rabizas y colipoterras que andan por el mundo pidiendo guerra.