CRÉMER CONTRA CRÉMER
El tren que corría
SOY HIJO DE FERROVIARIO, padre de ferroviario y yo no conseguí ser ferroviario, a pesar de mi cumplida solicitud, porque para ser factor en mis tiempos, además de disponer de una caligrafía espléndida, se exigían padrinos. Y yo no les tenía. Y me quedé en andante, hijo y padre de ferroviarios. Lo cual me impuso una tendencia irremediable: Que me gustaba los trenes. Y como por razones de la Compañía de los Ferrocarriles del Norte de España, me vi obligado, allá por el año 1917, a vivir en un vagón de ferrocarril, en Bilbao, acabé por convertirme en un ferroviario de vocación, de devoción y de oficio. Así es que cuando los activos medios de comunicación de que estamos dotados se adelantaron anunciarnos que salvo error u omisión, para antes de fin de año en León se dispondrá de un servicio de trenes para el mejor acomodo de viajeros de urgencia, con una unidad, como al parecer hay que decir, de rodadura desplazable que unirá a León con Madrid, y viceversa, a razón de 250 kilómetros por hora, cuando nos fue dada esta feliz noticia, nos sentimos liberados, democráticamente hablando, felices técnicamente listos para enfrentarnos con el futuro, sin necesidad de esperar el resultado de las elecciones. Esta alegría que me invade, sin duda es consecuencia de haber vivido, bien o mal, mi vida en la ciudad de Guzmán el Bueno cuando no se disponía más que de algún tren lento e inseguro, que se atascaba y nos llenaba de ceniza negra si intentábamos alcanzar Asturias; y para conseguir amarrar en Barcelona había que echarle al viaje en el rápido, nada menos que doce o catorce horas, y no contábamos para el transporte interior más que los carritos con burrito incluido de aquel don Fernando Chapé, a 0,50 céntimos el viaje, de una hora a lo sumo. Éramos gente anclada en la tierra de secano y andariega por devoción santiaguista. La madreña y los zuecos eran nuestro ajuar invernal inevitable. De modo que así que llegó a nuestra oficina de información que León se disponía a contar con trenes (El AV, el AVE, el AV) de una velocidad calculada de no menos de 250 Km. Por hora, nos sentimos como de otra categoría, de otra sangre, de otro talante. Aunque en nuestra humildad seguimos preguntándonos: «¿Y tantísima velocidad para qué?» La ciudad está formada por una sociedad de gentes lentas, pero seguras y nuestros caminos, canales y puertos siguen exhibiendo su precariedad y su demanda de una atención más inteligente a la hora de dotar a la provincia de medios para su expansión. Porque ¿a dónde vamos a parar a esas velocidades, cuando todo nos empuja a prestar atención a cañadas, caminos, sendas interiores, desde las cuales nos conformamos con ver pasar los trenes a 250 kilómetros por hora, mientras cantamos el corrido mexicano: «El tren que corría / por la ancha vía / de pronto se fue a estrellar / con un aeroplano / que allá por el llano / volaba sin descansar...»