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VICTORIANO CRÉMER
León

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COMO YO SOY un poco o un mucho supersticio, me sentí interesado grandemente interesado, cuando en un mismo día y hora se me acumularon dos actos que no sé por qué me imagino significativos: En Europa, en la misma Europa a la que pertenecemos, se celebraba o se invitaba a celebrar un tiempo para la serenidad, para el sosiego, para dar tiempo al tiempo, desterrando de nuestras preocupaciones la prisa, el afán por llegar a todas partes en primer lugar, ser en suma los iniciadores de algo, los descubridores de Américas fecundas, los pioneros de la gran aventura de vivir. Y ante los trenes velocísimos que cubren distancias enormes en tiempo apenas concebible, oponen los organizadores de este ceremonial del tiempo reposado, calma, reflexión y asistir al acto fundamental de ver pasar la vida sin alterarse, sin irritarse sin pensar en llegar antes que nadie, porque, como dice el corrido, lo importante no es llegar primero, lo principal es llegar y saber llegar. Y al compás con esta música interior, un pintor, desde su centro madrileño, me envía catálogos, textos publicados y memorias de Arco, ese inmenso mercado de arte que todos los años, precisamente desde Madrid, juega peligrosamente a descubrir el arte. Y en este fajo de papeles, cartulinas y anecdotarios, me asalta la idea de intentar explicar lo que el arte tiene de misterio, de fenómeno inexplicable, de descubrimiento: Sabemos que el arte se explica por sí solo, y si no nos consta que no hay modo de encontrarle un punto de apoyo para justificar teorías, modos, manías, modas e invenciones de quienes exponen sus obras, sin duda convencidos de que ofrecen al espectador la oportunidad de hacerse con el milagro. Todos los años, cuando este conjunto de «cosas» que es Arco se produce, saltan los resortes de la fantasmagoría del arte. Y todos los cursos regresamos de la aventura sin explicarnos qué es lo que la moderna ciencia intenta imponernos para concebir lo que las cosas, lo que el tiempo, lo que la imaginación tienen de arte. No todo lo que se expone es arte, sino todo lo contrario. Hay una notable diferencia entre arte propiamente dicho y ocurrencia, que es justamente la consecuencia de cuando la imaginación creadora choca y se rompe contra las esquinas de la incapacidad de traducir el arte a un lenguaje capaz de elevar el espíritu humano. Se suple lo gracioso, lo original, lo imprevisto como instrumento para intentar elevar la anécdota a categoría, sin conseguirlo. Y al final de estas meditaciones ante el marco, el contemplador comienza a preguntarse si lo que debe intentar no es llevar antes que nadie al esclarecimiento de tanto jeroglífico moderno, sino precisamente lo que el arte tiene de ocupación humana que se hace con el tiempo. El arte no puede consistir nunca en copiar una realidad, dice Ortega, ni mucho menos en convertir lo mostrenco, lo estrafalario en arte. «Lo importante», diría Ortega «no es que el artista coincida con la realidad, sino que coincida su obra».

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