Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

La muerte de un hombre cualquiera

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VICTORIANO CRÉMER
León

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TODOS EN EL BARRIO sabíamos que se llamaba Manuel, Manolo para los íntimos si les tuviere y que había trabajado decenas de años, los mejores de su vida, en el hondón de una mina leonesa, donde tantos seres humanos acaban sacrificados. En uno de esos accidentes previstos solamente por los dioses pobres, el Manolo fue atrapado por una vagoneta cargada y le dejó inhábil para el trabajo. Naturalmente no le quedó otra salida -para los trabajadores no hay salidas ventajosas, sino limosnerías que se le otorgan al trabajador por lo mucho que ha sudado- pues no le quedó más recurso que la jubilación forzosa por incapacidad en el trabajo. Una miseria decían las vecinas por los portillos de comunicación de las ventanas, pero se acomodó, qué remedio y se avino a empleos subalternos, como de portero o de recadero. Pero le denunciaba su cojera. Se conocía que era un hombre inservible para el uso de la sociedad de consumo y de las grandes ambiciones. No eran demasiadas las que le sostenían, al lado de su mujer, compañera de angustias y de apuros. Pero como lo importante era vivir, fuera como fuera, Manolo con su pata «charela» iba arrastrándose por la vida. Y vivía, si a lo suyo se pudiera decir que era vida para seres humanos con derechos naturales. Hasta que aquel trance dramático de la mina, que determinó su jubilación, por lo que la ley marcara, comenzó a presentar aspectos extraños, la pierna herida mostraba signos alarmantes y los doctores de la Seguridad Social decidieron cortar aquel extremo de su cuerpo dolorido, reduciendo la movilidad de Manolo a un doloroso esfuerzo por permanecer en pie. Le preguntaban los vecinos: «¿Qué tal andas?» y se dibujaban sonrisas que querían ser alentadoras si no fueran sarcásticas. Con el estipendio recortado de su pensión de jubilado inútil para todo, seguían arrastrándose ya sin esperanzas de superar la situación, hasta que un día, los dioses (sí, Manolo, los dioses) decidieron poner fin a su tragedia y te permitió morir. En soledad, como mueren los héroes sin remedio. Cuando llegó a casa la compañera le vio tendido sobre el enlosado del pasillo, con las muletas al costado como las armas de su resistencia. Y le enterraron cumpliendo los horarios. Asistieron los familiares recién llegados y la misa de difuntos se celebró en la parroquia. El cura, curioso indagó: «¿Y qué dice usted que era el muerto?»¿ «Minero, señor cura, solamente minero». «¡Vaya por Dios, un cualquiera, como quien dice!». Pero a mí me da pena, mucha pena recordar a Manolo, tan valiente, tan dispuesto, tan listo para la muerte. Se llamaba Manuel, Manolo, el minero. Y no me da la gana a mí que se vaya de este mundo, sin que nadie le dedique una oración o un recuerdo o una calificación social, por eso escribo este comentario. ¡Adiós, Manolo!

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