Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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HACE CUARENTA AÑOS llegué a La Bañeza. Yo era un muchacho que quería ser misionero, conocer mundo; ir muy lejos. Yo quería ser como unos sacerdotes de la diócesis que trabajaban en Katanga, y que allí hacían prodigios y veían elefantes. Entonces yo no pensaba que aquellos sacerdotes podían ver otras cosas. Y vivir otras experiencias. A veces gratas, a veces terribles. Yo solo concebía los elefantes, la selva y unos trenes de vapor que iban y venían desde las minas de oro hasta los embarcaderos fluviales. Pero Katanga, sí, empezaba en La Bañeza. Porque había que ser sacerdote para poder ir tan lejos. Era un tiempo en que los curas viajaban mucho, y los laicos muy poco. Y así fue que yo aparecí por allí, en el colegio seminario de San José, sin que nadie entendiera bien mi decisión. Ni mis padres, ni mis parientes, ni tampoco los muchachos que me encontré en aquel internado, que eran gentes del campo y la bondad, de los aperos y las tierras del norte de Zamora. De las llanuras leonesas, de las aldeas bercianas, de La Cabrera remotísima o de los montes verdes de Sanabria y del oriente orensano. Pero allí casi nadie era de Ponferrada, de la ciudad más grande de la diócesis fronteriza. Fronteriza con todo: con Galicia, con Asturias, con el León más godo, con Portugal. Lo mío era muy raro, y más que llegó a ser, muy pronto. Fue la primera vez que salimos de paseo. Íbamos en fila, a un lugar que se llama La Corneta, junto al río. Entonces había una carretera estrecha, la de León, y un puente de hierro, gris y antiguo. Y las aguas del Órbigo. Pero todo eso yo no lo conocí aquella tarde porque poco después de salir del colegio, un hombre me llamó. Un hombre mayor, alto y canoso, pero no viejo. Y me llamó a mí, que iba el último de la fila, algo apartado de los compañeros, porque yo era tímido y solitario. Y porque me gustaba fijarme en lo que era nuevo para mí: la ciudad, sus almacenes de la zona alta, el ferrocarril. Aquel hombre salió precisamente de un almacén. Me dijo que entrara, que tenía que contarme una cosa. Yo le dije que no podía, y que ya me estaba retrasando, pues tenía que ir con mis compañeros camino de La Corneta. -Irás a la Corneta -me dijo el hombre, ya abriendo la puerta. Cuando la cerró, me dijo, en la penumbra: -Aquí antes guardaban alubias y ahora se guarda el mundo. No entendía nada: yo solo veía un inmenso hangar oscuro. Y fue entonces cuando aquel hombre encendió la luz. O acaso no la encendió. Pero lo cierto es que tardé un segundo en encontrarme en Katanga. Salió el sol, vi que estaba en medio de las vías; y que se acercaba, humeante, la locomotora del tren minero. Salté inmediatamente hacia el verdor, había allí unos hombres ociosos, y una mujer con los pechos al aire, muy bien formados por cierto, y los hombres reían, y luego uno de ellos se fue con aquella chica a una caseta de madera, y yo caminé un rato, vi un mercado lleno de frutos tropicales; y también vi a un hombre de mi tierra, por el acento se lo noté, y él me dijo que conocía a unos tíos míos que vivían en Vega de Espinareda; y luego desapareció. Era un sacerdote, sin duda, y ya se apagaron las luces. Y apareció de nuevo el hombre de las canas. -Son las ocho -dijo-; la hora de volver al colegio. Salí del almacén, y justo entonces acababa de pasar la fila de los estudiantes. Me incorporé a ella como si nada, y al poco me dijo un compañero, un tal Brime, que había sido una pena que yo no hubiera acertado a marcar el gol del desempate en el partido de aquella tarde, en el campo de La Corneta. «Lo tuviste tan fácil...», me dijo, y yo también lo lamenté. Pero no mucho, porque me sentí, de repente, muy feliz. Y ya nunca más quise ir a Katanga.

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