CRÉMER CONTRA CRÉMER
Vamos a hablar claro
SOLICITO LICENCIA para mi atrevimiento: Quiero invitar a quien corresponda y crea conveniente hacerlo a entablar un diálogo real, claro, transparente, y comunicador. Nos estamos metiendo en hoyos profundos empeñados en hablar, en pensar y naturalmente también en dialogar en español, o castellano, que es el idioma que, al cabo de siglos de uso, ha terminado por incorporarse a nuestro repertorio de comunicación con mayor fuerza. El español, o castellano, es una lengua bellísima, en la cual se han escrito verdaderos monumentos verbales, sin posible rectificación ni enmienda. Detrás de su incorporación al acervo común, quedan dialectos elementales, novicios, débiles que se pronuncian todavía con la unción de aquel lenguaje sorprendente de los abuelos del idioma, de los viejos monólogos con los que la gentese esforzaba por entenderse. Nuestros clásicos ya recordaban la existencia de un lenguaje (para hablar con el vecino) de una manera de expresarse ateniéndose al repertorio de palabras, de términos, de conceptos incluso, mediante los cuales poco a poco con auténtica lentitud taurina, iba creándose el idioma. Y los viejos términos de servicio fueron quedando perdidos en el tiempo y suplidos por un sistema de comunicación infinitamente más rico y valioso. No quiere decirse con esto que las hablas antiguas con las que se construyeran los primeros sonidos con sentido, deban ser olvidadas, que a nadie hacen mal, salvo, claro es, que tal o cual alquimista del idioma le de por intentar imponer la jerga resultante de los retales que el recuerdo difícilmente mantiene, e inscribirlo en la gramática real de nuestro tiempo, que es lo que al parecer está sucediendo con la intención de resucitar el dialecto pastoril del lliunés, o como deba entenderse y escribirse. Nos parece incluso digno de estimación general que existan gentes para las cuales el problema más grave de la sociedad es la de rescatar un dialecto perdido para elevarlo a la monarquía de las letras hispanas, olvidando que ni San Juan de la Cruz, ni Cervantes, ni Jorge Manrique, culminaron su milagro verbal regresando a la época inicial de la sociedad, cuando el hombre precisamente andaba luchando por conseguir un lenguaje de cierta solidez y garantía. Como el español. ¿A qué vienen entonces esos movimientos, políticos más que lingüisticos, de imponer el aprendizaje de una manera de expresarse que nadie necesita? ¿No será ésta la invención del llionés? O como sea, una argucia del consabido listo de la parroquia para ganarse el pan y el filete de ternera sin necesidad de promover revoluciones en un profesorado que harto tiene con discutir y aprobar, si fuera posible, lo de la Educación y la Ciudadanía, sin que corra la sangre por las calles?