Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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LA PRIMERA VEZ que me sucedió Crémer fue en el otoño de 1966. En un libro de cuarto de bachillerato: Literatura Española. Este libro tenía dos autores: Fernando Lázaro Carreter, que era catedrático de universidad y que luego fue director de la Real Academia de la Lengua Española. El otro autor era Evaristo Correa Calderón, profesor de un instituto de Lugo. En aquellas páginas satinadas había un apartado para la poesía española entonces contemporánea. Se hablaba allí de Carlos Bousoño, de José Hierro, de otros poetas y había un apartado en el que estaban dos leoneses: Victoriano Crémer y Eugenio de Nora. Yo, que tenía trece años, no sabía nada de esos dos señores, y me pareció sensacional que un libro hablara de ellos, y que se estudiaran sus nombres y obras casi contemporáneas en los libros de clase. De Eugenio de Nora me resultó casi increíble que hubiera nacido en un lugar tan pequeño como Zacos, en la Cepeda. De Crémer me sorprendió, además, su nombre, que sonaba a Francia, a libertad, a escritor de mundo. Crémer de 1966: supe de sus versos, y el profesor nos contó que el poeta también escribía en los periódicos. Para mí fue una doble sorpresa aquella proximidad. En el tiempo y en el espacio. Y me quedé perplejo cuando vi su firma en los diarios. Porque era fascinante que un poeta que va en los libros, al lado de tantos escritores antiguos y célebres, fuese, a la vez, aquel señor que escribía en el periódico de León acerca de cosas que pasaban en la provincia y en el mundo. Tres años después, en 1969, yo estudiaba interno en Astorga. Y en un día frío de noviembre o diciembre, escuché por el transistor, de pura casualidad, una intervención de Victoriano Crémer. Entonces todo estaba muy lejos, y en el Bierzo no se podían escuchar las emisoras de León. Pero en Astorga sí era posible. Como también era posible comprar la prensa de Madrid en el día, algo vedado en el Bierzo. En Astorga los periódicos de Madrid llegaban a las ocho de la tarde, pero buena hora era si aún uno veía la fecha del día en la portada. En el Bierzo eso sucedía al día siguiente. Había un mundo, pues, entre Astorga y Ponferrada entonces. El Bierzo estaba mucho más incomunicado, cerrado, remoto. Y la carretera del Manzanal era un absoluto infierno. Todo eso ahora parece del siglo XIX. Bien, para mí estar en Astorga fue, sobre todo, la posibilidad de comprar los periódicos de Madrid en el día -iba al anochecer a buscarlos a la plaza del obispo Alcolea-, y la posibilidad de escuchar a Crémer por la radio. Porque Crémer tenía un espacio en las ondas en el que quedaba patente su libertad de opinión, su ironía, su cultura, su experiencia de la vida y su no ser del régimen. Porque entonces todo lo que tenía que ver con periódicos y radios, no digamos la televisión, sonaba a Franco Bahamonde. De un modo o de otro. Y eso no era así cuando uno escuchaba las memorables pláticas de Crémer en la radio. Su discurso era distinto, era nuevo, aunque hablara de asuntos muy locales. Y me hice adicto, claro. Y sentía que Victoriano Crémer hablaba para mí, solo para mí, que ése es el mérito de los grandes comunicadores. De los grandes poetas. Y cada día aguardaba su perorata inteligente, fina, actual. Colaboración que llegaba a Astorga un poco como quien llega al fin del imperio. Porque el sonido era malo y picajoso; aunque se le entendía bien, que era lo principal. Entre una especie de lluvia electrónica. Crémer 66 y Crémer 69: fueron revelaciones felices. Fueron luces hacia la libertad. Hacia la diferencia. Y pensar ahora que cuarenta años después Crémer sigue escribiendo, sigue dueño y lúcido, sigue sensible y creador, es una revelación inmensamente más grande. Un prodigio en marcha. Por muchos años.

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