CORNADA DE LOBO
Otro arbolón
EN la cuna de mi García, que es Santa María de Ordás que mira a ese torreón que siempre dibuja Fer en sus viñetas, quieren apear de su majestad y por el pie un nogalón que junta más de un siglo en su anchura. Andan los populares urgiendo a los socialistas para que guarden el hacha voraz y las ínfulas taladoras, que no hay necesidad, coño, ninguna necesidad, que ese nogal que creció en terrenos comunales es el calendario vivo y el notario de la última existencia de este pueblo redimido de su secarral impenitente por la presa de La Plata ingeniada por aquel viejo secretario, Vicente García, que parece señalar con el dedo tronzado de su estatua en la plaza al abencerraje que se atreva a abatir ese arbolón crecido con las aguas de la promesa. Sostengo que al viejo leonés le parieron con un hocil al cinto, con una podadera en las mientes y un focete en la boca. Aquí al árbol se le tiene por estorbo o litigio de lindero; y como sólo produce tres cosas -sombra al pie, hojas en los tejados o unos cuantos duros por metro cúbico-, pues no hay mayor duda a la hora de tomar una determinación con él: a tronzarlo y... apeando, que es gerundio. Y si se subleva escandalizada y legítimamente el personal porque quieren lanzar un tendedero de kilowatios por el hayedo de Gordón, no sé si será más porque quieren hacerlo otros que por el amor dudoso que tenemos al árbol propio, que aquí cualquier alcaldín o alcaldón también puede proponer un poligonete de amiguete o un teleférico innecesario que arreará mordiscos irrecuperables al bosque y al paisaje y, mayormente, el lugareño no sólo no se escandaliza, sino que incluso aplaude con la orejas la ingeniosa propuesta y el desvelo de estos burgomaestres que talan orillas para que el río tenga aceras o abofetean el paisaje con obra pública que avergüenza y hiere. Nuestros árboles los talamos nosotros; que no vengan de fuera. ¿Dónde están los arbolones centenarios que sombrearon tantas carreteras leonesas convirtiéndolas en claustros de fresca sombra verdinegra y gran pajarada? A Ortega y Gasset esos inmesos chopos acipresados que orlaban las tierras, cunetas y orillas del Valderaduey le fascinaban. Eran como últimos guerreros alineados en fragor verde para detener el desierto que por esas tierras bajas se anuncia. Y ya ves. O sea, ya viste.