CORNADA DE LOBO
Deconstrucción
SE PREDICÓ contra la Constitución en muchos púlpitos cuando su texto fue sometido a referendum. En las bóvedas de muchas iglesias aún están grapadas aquellas palabras incendiadas de profetismo apocalíptico. La derechona clerical, heredera de sus miedos y privilegios, entendía aquel texto que proponía el bien-llevarse entre el fragmentado pueblo español («de cada diez españoles, uno piensa y nueve embisten», pueblo que salía de una larguísima dictadura contra la que nada contundente pudo o quiso hacer), como el puente espúreo por el que cruzarían las fuerzas disolventes de la degenaración, el laicismo inmoral, el separatismo, la destrucción de la familia, el libertinaje abortista y la venta de la patria (y más). Con otra argumentación de polo opuesto, la izquierda picuda de entonces (gran sopa de letras era, quince partidos de cuatro al fondo) tampoco entendía aquella carta constitucional como su derideratum ni por asomo. La consideraba una concesión vergonzante y coincidió con el conservadurismo arcaico pidiendo noes o abstenciones (y los nacionalistas, que ni pares ni nones). Total, que al final se votó mayoritariamente que sí con nutrida concurrencia en los colegios electorales (era el estreno de un derecho largamente perdido; se votaba tras haberse olvidado lo que era meter papeleta o el derecho a acertar y a equivocarse), aunque se hizo sin demasiadas exaltaciones del sí convencido. Aquello era una novedad que llevaba solapa de incertidumbre o recelo, territorio desconocido, así que no pocos votaron sí por contagio social o necesidad de cambio como quien vota un quizás o un porsiacaso. Pasado el tiempo, el sarampión y los miedos de que la nación se rompiera o los Tejeros rebrotaran, desde la periferia constitucional se piden reformas del texto, nuevas puertas o gateras para escaparse de él. Hay modernos cocineros del frenesí nacionalista que proponen una Constitución deconstruída, como la tortilla en copa del Adriá. Pero una cosa es cierta: con esta Constitución (cojita o manca, si se quiere) España prorroga el entendimiento sin mayores cuitas y ha experimentado un despegue económico y social que hace tan sólo treinta años nadie habría imaginado y, menos aún, prometido. Mal que bien, vamos.