Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

En León, como en Chicago

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VICTORIANO CRÉMER
León

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SEGÚN LA INFORMACIÓN que me proporcionan mis agentes urbanos, días pasados se produjo un hecho que solamente se suponía propio de Chicago en la era de la Ley Seca: Y es que andando que te anda a ciertas horas de la mañana, porque los leoneses cuando nos ponemos a velar nos dan las tantas y las cuantas de la noche con aspiraciones a madrugada; pues encontrándose paseando por la Avenida de Don Ordoño el segundo, que es como la Vía Apia de Roma por su centralidad urbana, con su novia al lado, se vieron sorprendidos por un grupo compuesto de tres ambulantes madrugadores, los cuales se dirigieron a los dos enamorados de la luna para suscitar en ellos un cierto espíritu de defensa, ante las actitudes agresivas de los noctámbulos. Y como consecuencia de este encuentro se produjo una inevitable pelea a brazo partido y cuchillo o navaja en mano. Se supone que fueron inútiles los gritos demandando auxilio de la muchacha y que los improperios que se produjeron inevitables al calor de la batalla no encontraron ni ecos ni guardias. Y el novio resultó herido. Y según la información que me es trasladada, actos de esta índole y protagonismo ya son frecuentes en una capital como León espejo de hidalguía y serenidad, lo que obligó a que el Ayuntamiento, del cual dependen los guardias, más o menos motorizados, encargados de la seguridad ciudadana durante la noche, acogiera la reunión de concejales no se menciona de qué color ni de qué partido, se reunieron con miembros de la Federación de Asociaciones de Vecinos, reclamando, entre otras reivindicaciones, más seguridad y más guardias. Y es que, desde que en León fueron jubilados los serenos de barrio, la ciudad se convirtió más o menos en una especie de cancha para peleas de gallos jóvenes y agresivos. Los más viejos de la tribu no se explican cómo se puede mantener la paz de los valientes cuando cobardes con navaja cabritera consiguen hacerse dueños de la plaza así que la luz solar no se apaga y se anuncia la salida de las consabidas brigadas de policía montada para garantizar la paz y la felicidad de una ciudad apta para seres civilizados. Hubo un tiempo en el cual la seguridad de la ciudad se encomendaba a la acción protectora de dos únicos guardias municipales (de nombre el que mandaba León y el subalterno Larita) y estos dos únicos policías se bastaban y hasta sobraban para mantener el orden y el concierto en la ciudad... Pero algo ha sucedido o está sucediendo para que aquella paz, aquel delicioso andar por la calle con luna llena y habitadores románticos que no tenían ningún inconveniente para disfrutar de la composición atractiva de una ciudad clásica y altamente civilizada, algo, digo, ha debido suceder para que en León se produzcan robos en serie, puñaladas traperas y raptos de doncellas sin madre. Tal vez lo que sucede es que estamos en tiempos de transición y lo mismo que los niños en la escuela le pagan el maestro, en la calle le aupñalan al más pintado y descuidado. Y sin el más mínimo propósito de torcer la voluntad ni los presupuestos por rutas distintas y abiertas para el retozar de la burra del guarda, nuestros corresponsales nos sugieren la conveniencia de que los guardias en nómina, que son más de doscientos, creo, se dejan de jugar el escondite inglés y por coger el que no es detengan al que es. Es súplica que elevamos a la docta y elevada municipalidad, cuya vida guarde Dios y Alá muchos años.

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